sábado, 14 de febrero de 2026

DESDE EL CAMPANARIO DE LA IGLESIA DE SAN MIGUEL, EN LAS ROZAS DE MADRID


Cuando era niño, con 9 o 10 años, tuve la suerte de que en cierta ocasión, el entonces párroco de Las Rozas, Don Jerónimo, nos permitiese a algunos de los chavales que teníamos los jardines de la iglesia de San Miguel como nuestro habitual territorio de juegos y aventuras, acompañarle a lo alto del campanario. Recuerdo la ascensión por unas incómodas escaleras que me parecieron interminables. Recuerdo también que, a medida que subíamos, había cada vez más plumas de pájaros, bastantes nidos apostados en los esquinazos de los peldaños y palomas que revoloteaban de arriba abajo a nuestro paso.

Cuando por fin llegamos a lo más alto y salimos al exterior, lo primero que me dejo boquiabierto fueron las campanas de bronce, que el paso del tiempo había cubierto con una pátina de un color gris muy oscuro con trazas verdosas causadas por el cardenillo. Una me pareció enorme, otra era de mediano tamaño y la última, al lado de sus compañeras, la vi muy pequeña, aunque no debía serlo tanto. Todas tenían orlas con inscripciones cuyo significado apenas entendí.

Pero lo que realmente me resultó impresionante fueron las vistas que se apreciaban desde lo alto del campanario. Era una mañana de pleno verano, luminosa y despejada, lo que permitía disfrutar de una perspectiva esplendida de lo cercano y de lo lejano.

Fotografías como la que encabeza esta entrada, realizada en los años 40 desde la torre de la iglesia, me traen esos recuerdos, aunque la visión que muestra es muy diferente de la que yo pude contemplar en mi infancia y, desde luego, muy distinta de la que podemos encontrar hoy en día.

Esta fotografía histórica nos muestra, entre otras cosas, la Plaza Mayor, el conjunto de viviendas situado entre la C/Escalerilla y la actual Avda. de la Constitución, y el aspecto que ofrecía el primer centro parroquial. También podemos apreciar el esquinazo del Barrio de Regiones que se situaba frente al Ayuntamiento y alguno de los muros de mampostería de granito que conformaban los jardines aterrazados de la iglesia, así como parte de la C/Lonja y de la C/Cándido Vicente. Todo ello, como flamante resultado de algunas de las más importantes intervenciones desarrolladas en esos años por Regiones Devastadas para la reconstrucción del pueblo (la propia torre de la iglesia había sido también reconstruida).

Si nos fijamos en la imagen, sorprende ver las pocas edificaciones que entonces existían detrás del Ayuntamiento, con un Cerro Cascabel prácticamente desnudo, en el que se aprecia la zona de eras y todavía es posible identificar restos de trincheras. Algunas antiguas casas han sido reconstruidas, pero también permanecen otras en ruinas, destruidas durante la contienda. El trazado de la actual Avda. del Doctor Toledo está perfectamente definido y, a lo lejos, se distinguen la carretera de La Coruña, el cementerio situado junto a ésta y la línea del ferrocarril, recién electrificada. Al fondo, las cumbres de la sierra de Guadarrama forman un bonito horizonte.

Los ojos más expertos sabrán identificar otros elementos, como el Cerro de la Curia, una pequeñísima parte de la Dehesa de Navalcarbón, y diversos detalles curiosos que seguro muchos roceños aún recuerdan, como el bar El Rincón, las moreras recién plantadas en la plaza, la colada tendida en plena calle, las modificaciones que han experimentado desde entonces el despacho y el salón parroquial, o las calles sin pavimentar.

Poco queda ya de todo aquello, y lo que queda está muy transformado. Las Rozas ha crecido muchísimo desde entonces y las edificaciones lo han ocupado prácticamente todo. Desaparecieron las eras y trincheras del Cerro Cascabel, (el propio cerro no es más que un recuerdo hoy en día); también las construcciones más antiguas y la práctica totalidad de las viviendas levantadas por Regiones Devastadas, con sus característicos porches y patios interiores. Ya no se tiende la ropa a la puerta de casa; la totalidad del espacio ha sido urbanizado y las calles hace mucho que están perfectamente asfaltadas; algunos árboles han desaparecido y otros, recién plantados entonces, tienen ahora un porte de muchos años. Ni siquiera se conservan las campanas que yo mismo pude observar cuando siendo niño subí a la torre, ya que fueron sustituidas hace varios años por otras más modernas, pero sin la solera, el tono, la historia y el encanto de las antiguas.

Disponer de este tipo de fotografías históricas nos permiten conocer y recordar un pueblo que ya no existe. Sin duda, las vistas desde la torre de la iglesia seguirán siendo impresionantes en la actualidad. Sería interesante poder comparar el pasado y el presente con una fotografía realizada hoy en día desde el mismo ángulo del campanario en el que se realizó la instantánea de los años 40. Quizás, ello nos animaría a reflexionar sobre lo que hemos ganado y lo que hemos perdido en todas estas décadas… así como lo que podemos seguir ganando y perdiendo en las futuras.


Javier M. Calvo Martínez