sábado, 28 de febrero de 2026

DESDE EL CERRO CASCABEL





Nadie ha sabido decirme el origen de este peculiar topónimo con el que, desde muy antiguo, era conocido un promontorio bien definido que se levantaba, aproximadamente, a espaldas de lo que hoy es la Plaza de España, en Las Rozas, por donde actualmente discurre parte de la Avenida del Doctor Toledo. Un cerro cuya orografía natural se encuentra completamente transformada, debido al intenso proceso de urbanización al que ha sido sometido todo el entorno. Por otra parte, cada vez son menos los vecinos que recuerdan haber oído hablar de este cerro y, aun menos, los que son capaces de situarlo con exactitud.

Sin embargo, durante muchos siglos, el cerro Cascabel constituyó uno de los lugares más peculiares y emblemáticos del pueblo. A los pies de su ladera sur se ubicaba el Barrio de la Solana, uno de los seis barrios históricos que conformaban el antiguo casco urbano de Las Rozas, totalmente desaparecido en la actualidad. Por su vertiente oriental discurría el antiguo camino de la “Carnecería”, que comunicaba el centro del pueblo con la carretera de Segovia y la cañada de Valladolid, dos importantísimas vías de comunicación, cuyo trazado se correspondía, aproximadamente, con el que actualmente sigue la carretera de La Coruña.

Parece que siempre fue un cerro muy pelado, sin ningún tipo de arbolado, dedicándose parte de sus tierras, de manera cíclica, al cultivo, el barbecho y el pastizal. En su zona más elevada, convenientemente allanada, se situaban algunas de las más importantes eras de Las Rozas, cuyo característico empedrado, a base de cantos rodados, todavía era apreciable en algunos puntos hasta entrados los años 70. En estas eras, durante siglos, se trilló y aventó el cereal, uno de los procesos más importantes del ciclo agrícola. Y es precisamente en esta actividad donde a nosotros se nos antoja que pudiera estar el origen del nombre que recibía el cerro, es decir, en el característico sonido que debían hacer los cascabeles que, presumiblemente y como era tradición en tantos pueblos de Castilla, se colocaban en los arreos de las mulas que hacían girar los trillos con los que se separaba el grano de la paja.

En los taludes de este cerro se situaban también algunas de las bodegas con las que antaño contó Las Rozas, en las cuales se almacenaba y fermentaba el mosto procedente de los viñedos que existían en zonas como Cerro Mocho y el Parralejo, situadas en lo que hoy es La Marazuela, o en torno al arroyo del Plantío, al sur de la carretera de El Escorial, y que producían un vino morapio recio y de alta graduación, destinado básicamente al consumo local.

Sus características topográficas supusieron que, durante la Guerra Civil, una vez estabilizado el frente al concluir las grandes operaciones militares, se organizase en este cerro una importante posición defensiva, habiéndose mantenido huellas de algunas trincheras hasta los años 70.

Ya en los 50, comenzaron a levantarse algunas viviendas unifamiliares, proceso que continuaría durante los años 60 y 70, sin que todavía se desvirtuasen en exceso las características básicas del cerro. En una de estas edificaciones se situó el que, durante mucho tiempo, sería uno de los bares más emblemáticos de Las Rozas: el bar La Parra, cerrado desde hace ya muchos años.

A partir de los 80, comenzó un acelerado proceso de urbanización que transformó radicalmente el entorno, haciendo desaparecer este típico enclave que, poco a poco, fue cayendo en el olvido, a pesar de que a una pequeña zona ajardinada se le asignó oficialmente el nombre de Parque del Cerro Cascabel, aunque realmente nadie lo llama así.

Precisamente, las fotografías que encabezan esta entrada están hechas desde esa zona actualmente ajardinada. En la más antigua, realizada a finales de los años 40, podemos apreciar, en primer término, las viejas edificaciones de adobe y tapial que existían en lo que hoy es la calle San Martín. También vemos la parte trasera de la Plaza Mayor, un tramo de la Avenida de los Toreros, y las casas del Barrio de Regiones situadas en torno a la Avenida de la Constitución y la Calle Ebro. Dominando el conjunto, visual y estéticamente, la iglesia de San Miguel con sus jardines aterrazados todavía a medio construir, las desaparecidas escuelas y, a lo lejos, el edificio principal de la comunidad religiosa Sagrada Familia, con la carretera de El Escorial al fondo, flanqueada por árboles con sus troncos encalados hasta cierta altura para facilitar la conducción nocturna.

La fotografía moderna muestra las enormes transformaciones que ha experimentado todo el entorno desde entonces.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual: J. M. Calvo




miércoles, 18 de febrero de 2026

AYER Y HOY


En la primera fotografía, realizada hacia mediados de los años 40 desde los jardines de la iglesia de San Miguel, en Las Rozas de Madrid, puede verse parte de las calles Cándido Vicente, Lonja y Escalerilla recién finalizada su construcción.

En primer término, aparecen los muros de mampostería de granito que conformaban los jardines aterrazados y conectados por escalinatas que Regiones Devastadas diseñó en torno a la iglesia, con sus características bolas de piedra apiconada a modo de remates decorativos. También se aprecia alguno de los bancos hechos con losas de granito que existían en ese primer tramo de jardín.

A continuación, las edificaciones de la calle Cándido Vicente: a la izquierda se puede ver parte de lo que con el tiempo se convertiría en despachos parroquiales, salón de actos y vivienda del coadjutor, o sacerdote auxiliar; a la derecha, una pequeña parte de la vivienda del párroco. Ambas construcciones con amplios porches abalconados hacia la calle Lonja.

Un poco más allá, las viviendas situadas en torno a la calle Escalerilla, manteniendo todos los elementos constructivos un equilibrio de alturas y volúmenes para crear una perspectiva armónica con la Plaza Mayor. Compartiendo ambos conjuntos arquitectónicos un estilo estético similar, basado en el empleo del ladrillo visto para columnas, jambas, dinteles o verdugadas, así como en el uso del revoco de tonos ocres en muros y fachadas. Tal y como se aprecia en la fotografía, estas casas disponían también de grandes porches, pudiéndose ver en uno de ellos a una niña de pie junto a un grupo de tres mujeres sentadas en sillas, que aparentemente están cosiendo.

En último término, alguna construcción dispersa en los amplios descampados que se extendían tras el Ayuntamiento, a ambos lados de lo que hoy es la avenida del Doctor Toledo, con la sierra de Guadarrama al fondo.

Poco a poco, diferentes intervenciones irían transformando y desvirtuando este pequeño paisaje urbano. A principios de los 70 se realizaron reformas para convertir en despachos parroquiales la que inicialmente había sido residencia del sacerdote coadjutor (Don Eulogio cuando yo era niño), eliminando el porche, transformando el antiguo patio en salón de actos y elevando parcialmente una altura del edificio para destinarla a vivienda. Ya en los 80, la casa del sacerdote párroco (que en aquel entonces era Don Jerónimo) se amplió con el cerramiento del porche y el aprovechamiento de parte del patio para la construcción de un garaje. Intervenciones que, no obstante, no llegaron a alterar en exceso la unidad del conjunto. Sin embargo, a mediados de esa misma década, fueron demolidas algunas edificaciones de la calle Escalerilla para levantar un bloque de varias alturas que, a pesar de haber pretendido cierto mimetismo visual en sus fachadas, supondría la definitiva ruptura estética y volumétrica de esta peculiar secuencia urbana.

El proceso ha seguido agravándose hasta nuestros días, tal y como puede comprobarse en la segunda fotografía, realizada en 2026, con la sustitución del resto de antiguas casas por grandes bloques de viviendas; la total remodelación de la primitiva residencia del cura, añadiéndole una nueva altura; y el desmantelamiento de los jardines aterrazados originales para la construcción de un aparcamiento subterráneo: eliminando zonas completas, transformando radicalmente otras, alterando la altura de los muros o cercenando alguna de las escalinatas, lo que ha dado como resultado unos nuevos jardines con una disposición asimétrica y descabalada, estropeando una de las más logradas y singulares actuaciones de Regiones Devastadas. 


Javier M. Calvo Martínez


Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual realizada por J. M. Calvo

sábado, 14 de febrero de 2026

DESDE EL CAMPANARIO DE LA IGLESIA DE SAN MIGUEL, EN LAS ROZAS DE MADRID


Cuando era niño, con 9 o 10 años, tuve la suerte de que, en cierta ocasión, el entonces párroco de Las Rozas, Don Jerónimo, nos permitiese a algunos de los chavales que teníamos los jardines de la iglesia de San Miguel como nuestro habitual territorio de juegos y aventuras, acompañarle a lo alto del campanario. Recuerdo la ascensión por unas incómodas escaleras que me parecieron interminables. Recuerdo también que, a medida que subíamos, había cada vez más plumas de pájaros, bastantes nidos apostados en los esquinazos de los peldaños y palomas que revoloteaban de arriba abajo a nuestro paso.

Cuando por fin llegamos a lo más alto y salimos al exterior, lo primero que me dejo boquiabierto fueron las campanas de bronce, que el paso del tiempo había cubierto con una pátina de un color gris muy oscuro con trazas verdosas de cardenillo. Una me pareció enorme, otra era de mediano tamaño y la última, al lado de sus compañeras, la vi muy pequeña, aunque no debía serlo tanto. Todas tenían orlas con inscripciones cuyo significado apenas entendí.

Pero lo que realmente me resultó impresionante fueron las vistas que se apreciaban desde lo alto del campanario. Era una mañana de pleno verano, luminosa y despejada, lo que permitía disfrutar de una perspectiva esplendida de lo cercano y de lo lejano.

Fotografías como la que encabeza esta entrada, realizada en los años 40 desde la torre de la iglesia, me traen esos recuerdos, aunque la visión que muestra es muy diferente de la que yo pude contemplar en mi infancia y, desde luego, muy distinta de la que podemos encontrar hoy en día.

Esta fotografía histórica nos muestra, entre otras cosas, la Plaza Mayor, el conjunto de viviendas situado entre la C/Escalerilla y la actual Avda. de la Constitución, y el aspecto que ofrecía el primer centro parroquial. También podemos apreciar el esquinazo del Barrio de Regiones que se situaba frente al Ayuntamiento y alguno de los muros de mampostería de granito que conformaban los jardines aterrazados de la iglesia, así como parte de la C/Lonja y de la C/Cándido Vicente. Todo ello, como flamante resultado de algunas de las más importantes intervenciones desarrolladas en esos años por Regiones Devastadas para la reconstrucción del pueblo (la propia torre de la iglesia había sido también reconstruida).

Si nos fijamos en la imagen, sorprende ver las pocas edificaciones que entonces existían detrás del Ayuntamiento, con un Cerro Cascabel prácticamente desnudo, en el que se aprecia la zona de eras y todavía es posible identificar restos de trincheras. Algunas antiguas casas han sido reconstruidas, pero también permanecen otras en ruinas, destruidas durante la contienda. El trazado de la actual Avda. del Doctor Toledo está perfectamente definido y, a lo lejos, se distinguen la carretera de La Coruña, el cementerio situado junto a ésta y la línea del ferrocarril, recién electrificada. Al fondo, las cumbres de la sierra de Guadarrama forman un bonito horizonte.

Los ojos más expertos sabrán identificar otros elementos, como el Cerro de la Curia, una pequeñísima parte de la Dehesa de Navalcarbón, y diversos detalles curiosos que seguro muchos roceños aún recuerdan, como el bar El Rincón, las moreras recién plantadas en la plaza, la colada tendida en plena calle, las modificaciones que han experimentado desde entonces el despacho y el salón parroquial, o las calles sin pavimentar.

Poco queda ya de todo aquello, y lo que queda está muy transformado. Las Rozas ha crecido muchísimo desde entonces y las edificaciones lo han ocupado prácticamente todo. Desaparecieron las eras y trincheras del Cerro Cascabel, (el propio cerro no es más que un recuerdo hoy en día); también las construcciones más antiguas y la práctica totalidad de las viviendas levantadas por Regiones Devastadas, con sus característicos porches y patios interiores. Ya no se tiende la ropa a la puerta de casa; la totalidad del espacio ha sido urbanizado y las calles hace mucho que están perfectamente asfaltadas; algunos árboles han desaparecido y otros, recién plantados entonces, tienen ahora un porte de muchos años. Ni siquiera se conservan las campanas que yo mismo pude observar cuando siendo niño subí a la torre, ya que fueron sustituidas hace varios años por otras más modernas, pero sin la solera, el tono, la historia y el encanto de las antiguas.

Disponer de este tipo de fotografías históricas nos permiten conocer y recordar un pueblo que ya no existe. Sin duda, las vistas desde la torre de la iglesia seguirán siendo impresionantes en la actualidad. Sería interesante poder comparar el pasado y el presente con una fotografía realizada hoy en día desde el mismo ángulo del campanario en el que se realizó la instantánea de los años 40. Quizás, ello nos animaría a reflexionar sobre lo que hemos ganado y lo que hemos perdido en todas estas décadas… así como lo que podemos seguir ganando y perdiendo en las futuras.


Javier M. Calvo Martínez