Cuando era niño, con 9 o 10 años, tuve la suerte de que en cierta ocasión, el entonces párroco de Las Rozas, Don Jerónimo, nos permitiese a algunos de los chavales que teníamos los jardines de la iglesia de San Miguel como nuestro habitual territorio de juegos y aventuras, acompañarle a lo alto del campanario. Recuerdo la ascensión por unas incómodas escaleras que me parecieron interminables. Recuerdo también que, a medida que subíamos, había cada vez más plumas de pájaros, bastantes nidos apostados en los esquinazos de los peldaños y palomas que revoloteaban de arriba abajo a nuestro paso.
Cuando por fin llegamos a lo más
alto y salimos al exterior, lo primero que me dejo boquiabierto fueron las
campanas de bronce, que el paso del tiempo había cubierto con una pátina de un color
gris muy oscuro con trazas verdosas causadas por el cardenillo. Una me pareció enorme,
otra era de mediano tamaño y la última, al lado de sus compañeras, la vi muy
pequeña, aunque no debía serlo tanto. Todas tenían orlas con inscripciones cuyo significado apenas entendí.
Pero lo que realmente me resultó impresionante
fueron las vistas que se apreciaban desde lo alto del campanario. Era una
mañana de pleno verano, luminosa y despejada, lo que permitía disfrutar de una
perspectiva esplendida de lo cercano y de lo lejano.
Fotografías como la que encabeza
esta entrada, realizada en los años 40 desde la torre de la iglesia, me traen
esos recuerdos, aunque la visión que muestra es muy diferente de la que yo pude
contemplar en mi infancia y, desde luego, muy distinta de la que podemos
encontrar hoy en día.
Esta fotografía histórica nos
muestra, entre otras cosas, la Plaza Mayor, el conjunto de viviendas situado entre la C/Escalerilla
y la actual Avda. de la Constitución, y el aspecto que ofrecía el primer centro parroquial. También podemos
apreciar el esquinazo del Barrio de Regiones que se situaba frente al
Ayuntamiento y alguno de los muros de mampostería de granito que conformaban
los jardines aterrazados de la iglesia, así como parte de la C/Lonja y de la
C/Cándido Vicente. Todo ello, como flamante resultado de algunas de las más
importantes intervenciones desarrolladas en esos años por Regiones Devastadas para la
reconstrucción del pueblo (la propia torre de la iglesia había sido también reconstruida).
Si nos fijamos en la imagen, sorprende
ver las pocas edificaciones que entonces existían detrás del Ayuntamiento, con
un Cerro Cascabel prácticamente desnudo, en el que se aprecia la zona de eras y
todavía es posible identificar restos de trincheras. Algunas antiguas casas han sido reconstruidas, pero también permanecen
otras en ruinas, destruidas durante la contienda. El trazado de la actual Avda.
del Doctor Toledo está perfectamente definido y, a lo lejos, se distinguen la
carretera de La Coruña, el cementerio situado junto a ésta y la línea del
ferrocarril, recién electrificada. Al fondo, las cumbres de la sierra de
Guadarrama forman un bonito horizonte.
Los ojos más expertos sabrán
identificar otros elementos, como el Cerro de la Curia, una pequeñísima parte
de la Dehesa de Navalcarbón, y diversos detalles curiosos que seguro muchos roceños
aún recuerdan, como el bar El Rincón, las moreras recién plantadas en la plaza, la colada tendida en plena calle, las modificaciones que han experimentado desde entonces el despacho y el salón
parroquial, o las calles sin pavimentar.
Poco queda ya de todo aquello, y lo
que queda está muy transformado. Las Rozas ha crecido muchísimo desde entonces
y las edificaciones lo han ocupado prácticamente todo. Desaparecieron
las eras y trincheras del Cerro Cascabel, (el propio cerro no es más que un recuerdo
hoy en día); también las construcciones más antiguas y la práctica totalidad de las viviendas levantadas por Regiones Devastadas, con sus característicos porches y
patios interiores. Ya no se tiende la ropa a la puerta de casa; la totalidad del espacio ha sido urbanizado y las calles hace mucho que están perfectamente asfaltadas; algunos árboles han desaparecido
y otros, recién plantados entonces, tienen ahora un porte de muchos años. Ni
siquiera se conservan las campanas que yo mismo pude observar cuando siendo niño subí a la
torre, ya que fueron sustituidas hace varios años por otras más modernas, pero sin la
solera, el tono, la historia y el encanto de las antiguas.
Disponer de este tipo de fotografías históricas nos permiten conocer y recordar un pueblo que ya no existe. Sin duda, las vistas desde la torre de la iglesia seguirán siendo impresionantes en la actualidad. Sería interesante poder comparar el pasado y el presente con una fotografía realizada hoy en día desde el mismo ángulo del campanario en el que se realizó la instantánea de los años 40. Quizás, ello nos animaría a reflexionar sobre lo que hemos ganado y lo que hemos perdido en todas estas décadas… así como lo que podemos seguir ganando y perdiendo en las futuras.
Javier M. Calvo Martínez
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