Hubo un tiempo, no demasiado
lejano, en el que los descampados constituían uno de los principales juguetes
para los niños. Territorios infantiles por excelencia donde el control y la
tutela de los adultos se suavizaba, e incluso, desaparecía por completo durante
varias horas, permitiendo que la chavalería disfrutara de una libertad y autonomía
que hoy en día, en que todo está tan supervisado, pautado y regulado, nos puede
resultar llamativo.
Las Rozas contaba con
numerosos y amplios espacios situados en la periferia de su casco urbano que,
más que descampados, eran grandes áreas de terrenos baldíos y eriales algo
asilvestrados. Sitios como el Abajón, el Arenalón, la Patatera o Mataborricos,
entre otros, se convertían con frecuencia en sugerentes lugares de juego,
exploración y aventura para los niños del pueblo.
Posiblemente, el más
emblemático de todos ellos fuera el denominado Valle del Eco, poético nombre que
los chavales dieron a una zona que se extendía entre Mataborricos y la
carretera de La Coruña, donde una serie de pronunciados barrancos, escarpes y
cárcavas, generaban una peculiar orografía que resultaba ideal para el disfrute
de los pequeños roceños.
En ciertos puntos, las paredes
y quebradas de aquellos barrancos formaban profundos surcos y hendiduras en el
terreno que, en la imaginación de los menores, se convertían en misteriosos
laberintos y complejas encrucijadas habitadas por guerreros, piratas, dragones,
princesas, indios y vaqueros. Existían también oquedades que obligaban a pasar
reptando y terraplenes por los que deslizarse a modo de toscos toboganes. Por
si todo esto no fuera suficiente, en algunos de los lugares más elevados había
restos de trincheras y ruinas de fortificaciones, no siendo del todo extraño
que las escorrentías de las lluvias dejasen al descubierto balas y casquillos
de los tiempos en los que todo aquel entorno había sido frente de guerra.
A su vez, el Valle del Eco
contaba con una serie de elementos característicos a los que, en ocasiones, los
chavales dotaban de nombre propio, tales como el “Árbol Solitario”, un ejemplar
de gran tamaño que crecía cerca del cauce de uno de los arroyos estacionales que
discurrían por la zona; “El Castillo”, un lugar acarcavado que asemejaba los
muros de una fortaleza; o “Las Covachas”, una serie de pequeñas cavidades
excavadas en el terreno que, muy probablemente, serían refugios semiderruidos
construidos durante la guerra.
Ir al Valle del Eco suponía
una pequeña excursión. Andando o en bicicleta, las pandillas acudían a este
paraje, en ocasiones con algo de merienda, donde pasaban las horas jugando a
conquistar imaginados fuertes y descubrir valiosos tesoros; construyendo
cabañas con ramas de retama; acechando culebras y lagartijas; capturando
renacuajos; practicando puntería con artesanales tirachinas; tratando de escalar
los terraplenes más arriesgados o simulando que sus destartaladas bicicletas eran
potentes motos de cross.
Incluso, aquellos que vivieron
su infancia en los años 50 y primeros 60, recuerdan haberse llegado a bañar en
las charcas que en ocasiones formaban los veneros procedentes de los cerros
cercanos, un agua que todavía era fresca y cristalina, pero que la posterior
urbanización de las zonas aledañas acabó contaminando primero y, poco después,
eliminado por completo.
Con mayor o menor intensidad, este
lugar siguió siendo un espacio de juegos hasta finales de los 90. Ya en 2002,
un nuevo desarrollo urbanístico supuso su completa transformación topográfica, a
base de desmontes, colmatación de vaguadas y enormes movimientos de tierra. La
zona fue urbanizada y todo se llenó de avenidas y edificaciones.
En la nueva organización
urbana, la parte central de lo que fue el Valle del Eco se correspondería,
aproximadamente, con la zona que actualmente queda delimitada por las calles
Emilia Pardo Bazán, Gloria Fuertes y María Blanchard, aunque los chavales más intrépidos,
en ocasiones, llegaban a extender sus exploraciones y juegos hasta las laderas
del Cerro de la Curia, más o menos, por donde actualmente discurre la calle
María Moliner.
Nada queda hoy de todo
aquello, sepultado por el asfalto, el ladrillo y el olvido. Solo en la memoria
sentimental de aquellos quienes aquí vivieron agradables momentos de infancia,
resuena todavía el eco que dio nombre a este desaparecido paraje.







