sábado, 28 de febrero de 2026

DESDE EL CERRO CASCABEL





Nadie ha sabido decirme el origen de este peculiar topónimo con el que, desde muy antiguo, era conocido un promontorio bien definido que se levantaba, aproximadamente, a espaldas de lo que hoy es la Plaza de España, en Las Rozas, por donde actualmente discurre parte de la Avenida del Doctor Toledo. Un cerro cuya orografía natural se encuentra completamente transformada, debido al intenso proceso de urbanización al que ha sido sometido todo el entorno. Por otra parte, cada vez son menos los vecinos que recuerdan haber oído hablar de este cerro y, aun menos, los que son capaces de situarlo con exactitud.

Sin embargo, durante muchos siglos, el cerro Cascabel constituyó uno de los lugares más peculiares y emblemáticos del pueblo. A los pies de su ladera sur se ubicaba el Barrio de la Solana, uno de los seis barrios históricos que conformaban el antiguo casco urbano de Las Rozas, totalmente desaparecido en la actualidad. Por su vertiente oriental discurría el antiguo camino de la “Carnecería”, que comunicaba el centro del pueblo con la carretera de Segovia y la cañada de Valladolid, dos importantísimas vías de comunicación, cuyo trazado se correspondía, aproximadamente, con el que actualmente sigue la carretera de La Coruña.

Parece que siempre fue un cerro muy pelado, sin ningún tipo de arbolado, dedicándose parte de sus tierras, de manera cíclica, al cultivo, el barbecho y el pastizal. En su zona más elevada, convenientemente allanada, se situaban algunas de las más importantes eras de Las Rozas, cuyo característico empedrado, a base de cantos rodados, todavía era apreciable en algunos puntos hasta entrados los años 70. En estas eras, durante siglos, se trilló y aventó el cereal, uno de los procesos más importantes del ciclo agrícola. Y es precisamente en esta actividad donde a nosotros se nos antoja que pudiera estar el origen del nombre que recibía el cerro, es decir, en el característico sonido que debían hacer los cascabeles que, presumiblemente y como era tradición en tantos pueblos de Castilla, se colocaban en los arreos de las mulas que hacían girar los trillos con los que se separaba el grano de la paja.

En los taludes de este cerro se situaban también algunas de las bodegas con las que antaño contó Las Rozas, en las cuales se almacenaba y fermentaba el mosto procedente de los viñedos que existían en zonas como Cerro Mocho y el Parralejo, situadas en lo que hoy es La Marazuela, o en torno al arroyo del Plantío, al sur de la carretera de El Escorial, y que producían un vino morapio recio y de alta graduación, destinado básicamente al consumo local.

Sus características topográficas supusieron que, durante la Guerra Civil, una vez estabilizado el frente al concluir las grandes operaciones militares, se organizase en este cerro una importante posición defensiva, habiéndose mantenido huellas de algunas trincheras hasta los años 70.

Ya en los 50, comenzaron a levantarse algunas viviendas unifamiliares, proceso que continuaría durante los años 60 y 70, sin que todavía se desvirtuasen en exceso las características básicas del cerro. En una de estas edificaciones se situó el que, durante mucho tiempo, sería uno de los bares más emblemáticos de Las Rozas: el bar La Parra, cerrado desde hace ya muchos años.

A partir de los 80, comenzó un acelerado proceso de urbanización que transformó radicalmente el entorno, haciendo desaparecer este típico enclave que, poco a poco, fue cayendo en el olvido, a pesar de que a una pequeña zona ajardinada se le asignó oficialmente el nombre de Parque del Cerro Cascabel, aunque realmente nadie lo llama así.

Precisamente, las fotografías que encabezan esta entrada están hechas desde esa zona actualmente ajardinada. En la más antigua, realizada a finales de los años 40, podemos apreciar, en primer término, las viejas edificaciones de adobe y tapial que existían en lo que hoy es la calle San Martín. También vemos la parte trasera de la Plaza Mayor, un tramo de la Avenida de los Toreros, y las casas del Barrio de Regiones situadas en torno a la Avenida de la Constitución y la Calle Ebro. Dominando el conjunto, visual y estéticamente, la iglesia de San Miguel con sus jardines aterrazados todavía a medio construir, las desaparecidas escuelas y, a lo lejos, el edificio principal de la comunidad religiosa Sagrada Familia, con la carretera de El Escorial al fondo, flanqueada por árboles con sus troncos encalados hasta cierta altura para facilitar la conducción nocturna.

La fotografía moderna muestra las enormes transformaciones que ha experimentado todo el entorno desde entonces.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual: J. M. Calvo




miércoles, 18 de febrero de 2026

AYER Y HOY


En la primera fotografía, realizada hacia mediados de los años 40 desde los jardines de la iglesia de San Miguel, en Las Rozas de Madrid, puede verse parte de las calles Cándido Vicente, Lonja y Escalerilla recién finalizada su construcción.

En primer término, aparecen los muros de mampostería de granito que conformaban los jardines aterrazados y conectados por escalinatas que Regiones Devastadas diseñó en torno a la iglesia, con sus características bolas de piedra apiconada a modo de remates decorativos. También se aprecia alguno de los bancos hechos con losas de granito que existían en ese primer tramo de jardín.

A continuación, las edificaciones de la calle Cándido Vicente: a la izquierda se puede ver parte de lo que con el tiempo se convertiría en despachos parroquiales, salón de actos y vivienda del coadjutor, o sacerdote auxiliar; a la derecha, una pequeña parte de la vivienda del párroco. Ambas construcciones con amplios porches abalconados hacia la calle Lonja.

Un poco más allá, las viviendas situadas en torno a la calle Escalerilla, manteniendo todos los elementos constructivos un equilibrio de alturas y volúmenes para crear una perspectiva armónica con la Plaza Mayor. Compartiendo ambos conjuntos arquitectónicos un estilo estético similar, basado en el empleo del ladrillo visto para columnas, jambas, dinteles o verdugadas, así como en el uso del revoco de tonos ocres en muros y fachadas. Tal y como se aprecia en la fotografía, estas casas disponían también de grandes porches, pudiéndose ver en uno de ellos a una niña de pie junto a un grupo de tres mujeres sentadas en sillas, que aparentemente están cosiendo.

En último término, alguna construcción dispersa en los amplios descampados que se extendían tras el Ayuntamiento, a ambos lados de lo que hoy es la avenida del Doctor Toledo, con la sierra de Guadarrama al fondo.

Poco a poco, diferentes intervenciones irían transformando y desvirtuando este pequeño paisaje urbano. A principios de los 70 se realizaron reformas para convertir en despachos parroquiales la que inicialmente había sido residencia del sacerdote coadjutor (Don Eulogio cuando yo era niño), eliminando el porche, transformando el antiguo patio en salón de actos y elevando parcialmente una altura del edificio para destinarla a vivienda. Ya en los 80, la casa del sacerdote párroco (que en aquel entonces era Don Jerónimo) se amplió con el cerramiento del porche y el aprovechamiento de parte del patio para la construcción de un garaje. Intervenciones que, no obstante, no llegaron a alterar en exceso la unidad del conjunto. Sin embargo, a mediados de esa misma década, fueron demolidas algunas edificaciones de la calle Escalerilla para levantar un bloque de varias alturas que, a pesar de haber pretendido cierto mimetismo visual en sus fachadas, supondría la definitiva ruptura estética y volumétrica de esta peculiar secuencia urbana.

El proceso ha seguido agravándose hasta nuestros días, tal y como puede comprobarse en la segunda fotografía, realizada en 2026, con la sustitución del resto de antiguas casas por grandes bloques de viviendas; la total remodelación de la primitiva residencia del cura, añadiéndole una nueva altura; y el desmantelamiento de los jardines aterrazados originales para la construcción de un aparcamiento subterráneo: eliminando zonas completas, transformando radicalmente otras, alterando la altura de los muros o cercenando alguna de las escalinatas, lo que ha dado como resultado unos nuevos jardines con una disposición asimétrica y descabalada, estropeando una de las más logradas y singulares actuaciones de Regiones Devastadas. 


Javier M. Calvo Martínez


Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual realizada por J. M. Calvo

sábado, 14 de febrero de 2026

DESDE EL CAMPANARIO DE LA IGLESIA DE SAN MIGUEL, EN LAS ROZAS DE MADRID


Cuando era niño, con 9 o 10 años, tuve la suerte de que, en cierta ocasión, el entonces párroco de Las Rozas, Don Jerónimo, nos permitiese a algunos de los chavales que teníamos los jardines de la iglesia de San Miguel como nuestro habitual territorio de juegos y aventuras, acompañarle a lo alto del campanario. Recuerdo la ascensión por unas incómodas escaleras que me parecieron interminables. Recuerdo también que, a medida que subíamos, había cada vez más plumas de pájaros, bastantes nidos apostados en los esquinazos de los peldaños y palomas que revoloteaban de arriba abajo a nuestro paso.

Cuando por fin llegamos a lo más alto y salimos al exterior, lo primero que me dejo boquiabierto fueron las campanas de bronce, que el paso del tiempo había cubierto con una pátina de un color gris muy oscuro con trazas verdosas de cardenillo. Una me pareció enorme, otra era de mediano tamaño y la última, al lado de sus compañeras, la vi muy pequeña, aunque no debía serlo tanto. Todas tenían orlas con inscripciones cuyo significado apenas entendí.

Pero lo que realmente me resultó impresionante fueron las vistas que se apreciaban desde lo alto del campanario. Era una mañana de pleno verano, luminosa y despejada, lo que permitía disfrutar de una perspectiva esplendida de lo cercano y de lo lejano.

Fotografías como la que encabeza esta entrada, realizada en los años 40 desde la torre de la iglesia, me traen esos recuerdos, aunque la visión que muestra es muy diferente de la que yo pude contemplar en mi infancia y, desde luego, muy distinta de la que podemos encontrar hoy en día.

Esta fotografía histórica nos muestra, entre otras cosas, la Plaza Mayor, el conjunto de viviendas situado entre la C/Escalerilla y la actual Avda. de la Constitución, y el aspecto que ofrecía el primer centro parroquial. También podemos apreciar el esquinazo del Barrio de Regiones que se situaba frente al Ayuntamiento y alguno de los muros de mampostería de granito que conformaban los jardines aterrazados de la iglesia, así como parte de la C/Lonja y de la C/Cándido Vicente. Todo ello, como flamante resultado de algunas de las más importantes intervenciones desarrolladas en esos años por Regiones Devastadas para la reconstrucción del pueblo (la propia torre de la iglesia había sido también reconstruida).

Si nos fijamos en la imagen, sorprende ver las pocas edificaciones que entonces existían detrás del Ayuntamiento, con un Cerro Cascabel prácticamente desnudo, en el que se aprecia la zona de eras y todavía es posible identificar restos de trincheras. Algunas antiguas casas han sido reconstruidas, pero también permanecen otras en ruinas, destruidas durante la contienda. El trazado de la actual Avda. del Doctor Toledo está perfectamente definido y, a lo lejos, se distinguen la carretera de La Coruña, el cementerio situado junto a ésta y la línea del ferrocarril, recién electrificada. Al fondo, las cumbres de la sierra de Guadarrama forman un bonito horizonte.

Los ojos más expertos sabrán identificar otros elementos, como el Cerro de la Curia, una pequeñísima parte de la Dehesa de Navalcarbón, y diversos detalles curiosos que seguro muchos roceños aún recuerdan, como el bar El Rincón, las moreras recién plantadas en la plaza, la colada tendida en plena calle, las modificaciones que han experimentado desde entonces el despacho y el salón parroquial, o las calles sin pavimentar.

Poco queda ya de todo aquello, y lo que queda está muy transformado. Las Rozas ha crecido muchísimo desde entonces y las edificaciones lo han ocupado prácticamente todo. Desaparecieron las eras y trincheras del Cerro Cascabel, (el propio cerro no es más que un recuerdo hoy en día); también las construcciones más antiguas y la práctica totalidad de las viviendas levantadas por Regiones Devastadas, con sus característicos porches y patios interiores. Ya no se tiende la ropa a la puerta de casa; la totalidad del espacio ha sido urbanizado y las calles hace mucho que están perfectamente asfaltadas; algunos árboles han desaparecido y otros, recién plantados entonces, tienen ahora un porte de muchos años. Ni siquiera se conservan las campanas que yo mismo pude observar cuando siendo niño subí a la torre, ya que fueron sustituidas hace varios años por otras más modernas, pero sin la solera, el tono, la historia y el encanto de las antiguas.

Disponer de este tipo de fotografías históricas nos permiten conocer y recordar un pueblo que ya no existe. Sin duda, las vistas desde la torre de la iglesia seguirán siendo impresionantes en la actualidad. Sería interesante poder comparar el pasado y el presente con una fotografía realizada hoy en día desde el mismo ángulo del campanario en el que se realizó la instantánea de los años 40. Quizás, ello nos animaría a reflexionar sobre lo que hemos ganado y lo que hemos perdido en todas estas décadas… así como lo que podemos seguir ganando y perdiendo en las futuras.


Javier M. Calvo Martínez

domingo, 25 de enero de 2026

UNA CUESTIÓN DE ESTÉTICA


A las actuaciones desarrolladas por la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, organismo encargado de la reconstrucción de Las Rozas al concluir la Guerra Civil, se le pueden criticar muchas cosas.

Por ejemplo: la simpleza de su esquema urbanístico (trazado viario ortogonal y manzanas cuadrangulares cerradas); lo impostado de su estilo, imitando modelos idealizados de la arquitectura popular castellana con forzadas mistificaciones escurialenses; la humildad de los materiales empleados; la excesiva ruralización de su planteamiento, o el carácter irremediablemente ideologizado de su enfoque.

Pero lo que no podrá achacarse a los proyectos de reconstrucción de Regiones Devastadas es la falta de sentido estético. Toda la planificación vial desarrollada en Las Rozas, así como su concepción arquitectónica, trataron de buscar la coherencia y el equilibrio estético, prestando gran atención a la armonía de escalas, así como a la unidad visual de los elementos que debían constituir el nuevo espacio urbano.

En este sentido, destacaron claramente el conjunto de la Plaza Mayor, el Barrio de Regiones, la gran manzana formada por el Parador y las viviendas adyacentes en la parte alta del pueblo, los jardines aterrazados de la iglesia parroquial de San Miguel, o el grupo de viviendas construidas en torno a la calle Real, calle Escalerilla y actual avenida de la Constitución.

Pese a lo humilde y austero de las tramas y morfologías, algo obligado por las limitaciones propias de la posguerra, Regiones Devastadas logró crear conjuntos singulares, ordenados y articulados en pequeñas secuencias urbanas, cuidando siempre la perspectiva y el equilibrio de volúmenes y tipologías. Surgió así una nueva e interesante configuración visual y espacial del paisaje urbano, con el que muy pronto pudieron identificarse sus vecinos.

Lamentablemente, los proyectos e intervenciones posteriores ni respetaron ni mantuvieron aquella sensibilidad. Hoy todo aquello ha desaparecido. El casco histórico de Las Rozas ha perdido muchas de sus señas de identidad, y del cuidado estético puesto por Regiones Devastadas en la reconstrucción del pueblo no queda prácticamente nada. Las posteriores actuaciones constructivas no han tenido ninguna consideración hacia los edificios históricos y más emblemáticos; los conjuntos arquitectónicos y las secuencias urbanas han perdido su sentido original; visualmente, se han roto las perspectivas y armonías volumétricas, con alteraciones en las alturas de las edificaciones y las más variopintas tipologías en fachadas y cubiertas.

Sirvan como muestra las fotografías que encabezan esta entrada. En ellas, se aprecia el pasado y el presente del conjunto de viviendas construido entre 1942 y 1946 por Regiones Devastadas en la manzana que forman la calle Real y la avenida de la Constitución, así como la pérdida de su sentido inicial, con la paulatina desaparición de los edificios originales y la total falta de interés por la cuestión estética.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual realizada por J. M. Calvo

lunes, 5 de enero de 2026

LA FIESTA DE LOS QUINTOS EN LAS ROZAS


 

Aunque hay referencias de modelos similares desde la Edad Media, no sería hasta el siglo XVIII cuando en España se implante de manera regular el sistema de quintas para el reclutamiento militar obligatorio.

Básicamente, y a pesar de las múltiples modificaciones que fue experimentando a lo largo del tiempo, este sistema establecía anualmente la incorporación temporal al ejército de la quinta parte de los jóvenes que alcanzaban la mayoría de edad en ese año, de ahí su nombre.

Desde entonces, y hasta la completa anulación del servicio militar obligatorio en 2001 (la famosa “mili”), se hizo costumbre en multitud de poblaciones realizar la Fiesta de los Quintos. En ella, los jóvenes que eran llamados a filas ese año se juntaban un día señalado para recorrer alegremente las calles del pueblo con música y cantos, visitando las casas donde se les ofrecía dulces y licores, y organizando una buena comilona, alargándose la juerga hasta altas horas de la noche.

Este popular festejo, que claramente consistía en un rito de paso que marcaba la transición a la madurez, servía a la vez para estrechar la unión y el compañerismo entre los mozos del pueblo. Era también una fiesta de despedida de unos muchachos que, en el mejor de los casos, iban a pasar mucho tiempo fuera de casa, pues el servicio militar se podía alargar durante varios años o, peor aún, tocarles participar en alguna de las habituales guerras, con las terribles consecuencias que aquello podía acarrear.

Cada población celebraba su Fiesta de Quintos en diferentes fechas: unos la hacían coincidir con el carnaval, otros con el principio de la primavera o con el final de verano y, otros muchos, con la Navidad.

Hasta donde sabemos, parece que en Las Rozas siempre fue tradición celebrar esta fiesta la víspera de Reyes. Ese día, ya desde la mañana, los quintos comenzaban la ronda por las calles del pueblo, cantando coplas y seguidillas con el acompañamiento de guitarras, bandurrias y almireces. En las diferentes casas, los vecinos les ofrecían comida, bebida y alguna propinilla para ayudar a financiar la fiesta. En alguna de las tabernas del pueblo se preparaba una buena comilona con la caza del día anterior, todo ello acompañado de abundante vino procedente de los viñedos que en el pasado tuvo Las Rozas.

La fiesta continuaba en la plaza hasta altas horas de la noche. Para hacer frente a las gélidas temperaturas de enero, las jornadas previas se hacía una buena provisión de leña, encendiéndose una gran lumbre en torno a la cual se seguía bebiendo, cantando y bailando alegremente hasta que el cuerpo aguantase.

En esencia, este tipo de celebración se mantuvo en Las Rozas hasta que, en 2001, fue suprimida oficialmente la mili, siendo la última quinta llamada a filas la nacida en 1982. Sin embargo, con el objetivo de mantener vivo el recuerdo de esta tradición tan emblemática para tantas generaciones de roceños, la Peña Recreativa Club Las Rozas 70 decidió en su día continuar con la costumbre de organizar una gran hoguera de Quintos en la noche de Reyes, la cual suele encenderse en torno a las 12:00 de la noche. De esta manera, año tras año, en los compases finales de la Navidad, algunos vecinos de Las Rozas vuelven a juntarse amigable y festivamente en torno al fuego, tal y como se ha venido haciendo desde hace más de 200 años. 

En la fotografía que encabeza esta entrada, realizada en los años 60 por Pablo Gómez Bravo, al que nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos por la maravillosa colección de instantáneas que nos dejó de un pueblo de Las Rozas ya desaparecido (y que tanto él como posteriormente su familia han compartido multitud de veces de forma generosa y desinteresada), podemos ver el enorme acopio de ramas y leña preparado frente a la Plaza Mayor para, llegado el momento, encender la gran Hoguera de los Quintos.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía: Pablo Gómez Bravo

martes, 18 de noviembre de 2025

LA VIEJA ESCUELA

 


La historia de este singular edificio de Las Rozas comienza en 1944, cuando el organismo Regiones Devastadas, bajo la dirección del arquitecto Fernando García Rozas, proyectó la construcción de una nueva escuela destinada a la educación de niñas. El lugar elegido para su ubicación fue en la base de la ladera oeste del cerro sobre el que se asienta la iglesia de San Miguel Arcángel, en el espacio que hoy en día delimitan la Avenida de la Constitución y la Avenida de la Iglesia.

Las obras se iniciaron en 1945 y se alargaron hasta 1950, dando como resultado un edificio austero y funcional, pero con cierto encanto.

Estaba compuesto por dos pabellones de planta rectangular, destinados a las aulas y otras dependencias auxiliares, articulados por un vestíbulo y distribuidor central de planta cuadrada. La fachada principal, muy sencilla, se abría hacia la intersección de las mencionadas calles. En la fachada posterior destacaba un espacioso pórtico de cuerpo cúbico formado por tres grandes arcos de medio punto con tejado a tres aguas.

El edificio, de una sola planta y cubierta de teja árabe, descansaba sobre zócalo de granito con encintado de ladrillo. Tenía fachadas enfoscadas, amplios ventanales y dos chimeneas, limitándose la decoración a unas sencillas jambas y dinteles de ladrillo visto en los accesos.

La escuela presidía una amplia parcela delimitada por una valla de celosía de ladrillo enfoscado, rematada por losas de granito y con puertas enrejadas, que se integraba perfectamente en el conjunto estético que conformaban la iglesia y los jardines aterrazados que la rodeaban, formados por muros de granito y largas escalinatas.

Como ya hemos indicado, inicialmente se destinó a escuela para niñas, terminando, ya en los años 80, como centro de educación preescolar, siendo necesario construir en la misma parcela un nuevo edificio de dos plantas y ladrillo visto para atender las necesidades de una población cada vez más numerosa.

Durante sus últimos años, la vieja escuela fue empleada para diferentes funciones municipales hasta que, a finales de los 90, con motivo de la construcción del parking de la Avenida de la Constitución, se procedió a su demolición, perdiéndose así otro peculiar edificio que, aunque humilde desde un punto de vista arquitectónico, tenía un destacado valor sentimental para muchos vecinos y vecinas de Las Rozas.

En la fotografía que encabeza esta entrada, realizada desde la torre de la iglesia un frío día de invierno (se aprecia una fina capa de nieve en algunos puntos), podemos ver el aspecto que ofrecía la escuela poco antes de su inauguración, con una serie de hoyos preparados para plantar árboles. Al fondo, a la derecha de la imagen, aparece parte del Barrio de Regiones, mientras que a la izquierda se ven algunas de las edificaciones pertenecientes a la comunidad religiosa Sagrada Familia.

Hoy en día, el sitio que ocupaba el conjunto escolar constituye un espacio abierto, pavimentado casi en su totalidad y poco ajardinado, en el que existe una pequeñísima zona infantil con un par de columpios en los que, cuando juegan los niños, parece activarse una tenue reminiscencia que podría evocar los tiempos en los que ese mismo lugar acogía los recreos de la vieja escuela.


Javier M. Calvo Martínez

viernes, 7 de noviembre de 2025

27-ABRIL-1964: EL PRÍNCIPE JUAN CARLOS VISITA LA ESTACIÓN DE LAS MATAS



A principios de los años 60, el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón completaba su formación militar y académica con viajes y visitas a diferentes puntos de España para conocer, de primera mano, aspectos relacionados con la industria, la economía, la sociedad o la cultura del país.

En 1964, aprovechando que la empresa Agroman estaba empleando una novedosa maquinaria para sustituir las antiguas traviesas de madera por otras de hormigón en la estación de Las Matas, se consideró oportuno organizar una visita guiada para que el joven príncipe conociese el proceso.

La fecha elegida fue el 27 de abril. Ese día, lluvioso y desapacible, un grupo de lujosos vehículos estacionaron en la carretera de La Coruña, junto a la estación de Las Matas. Juan Carlos de Borbón, acompañado de un nutrido séquito, entre los que se encontraba el todopoderoso empresario y financiero José María Aguirre González, presidente de Agroman, visitó los trabajos que la imponente maquinaria estaba realizando en las vías de la estación.

El evento fue cubierto por varios periodistas, entre los que se encontraba el fotógrafo Juan Miguel Pando Barrero (1915-1992) que realizó un amplio reportaje fotográfico, actualmente conservado en la Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España.

De todas estas instantáneas, hemos seleccionado las que nos han parecido más interesantes por apreciarse en ellas, si bien es cierto que en un segundo plano, edificios y detalles que nos muestran el aspecto que ofrecía Las Matas en aquellos primeros años 60. Incluso, es posible que, en alguna fotografía, alguien pueda reconocer a alguna de las personas que aparecen.




Al fondo, el antiguo edificio de la estación de Las Matas, demolido en los años 90.




Tras la maquinaria, se aprecia el edificio de la estación, con su característico rótulo de azulejos amarillos y letras azules.



El príncipe Juan Carlos junto a otros miembros de la comitiva. En segundo plano, posible personal ferroviario. Al fondo, las edificaciones de la estación de Las Matas.





Dos panorámica que permiten observar el conjunto de la estación, con la llegada de trenes, el anden que existía hacia el lado de Las Matas y, al fondo a la derecha, el aspecto que ofrecía el lugar que hoy en día ocupan el final de la calle Martín Irirarte, la Plaza del Ferrocarril y el comienzo de la Avenida de Los Peñascales.




Al fondo de la imagen, tras la maquinaria, aparece la Subestación Eléctrica y la iglesia del Barrio Ferroviario, ambos edificios se conservan en la actualidad.




Colocación de traviesas. Al fondo, un tren para en el anden que da a Las Matas.




Técnicos observando la maquinaria.







Varias fotografías con personal ferroviario y operarios de la empresa Agroman.





Algunos vecinos se acercan curiosos a la comitiva del príncipe Juan Carlos.




Al fondo, el final de la actual calle Martín Iriarte. Entre los edificios que se aprecian destaca el "Bar El Pilar".





El presidente de Agroman, José María Aguirre Gonzalo, conversa y da explicaciones al príncipe Juan Carlos.




El príncipe Juan Carlos de Borbón camina junto a sus acompañantes por un anden de la estación. Al fondo, la carretera de La Coruña.



Javier M. Calvo Martínez