martes, 29 de septiembre de 2026

HOY, COMO AYER, LAS ROZAS CELEBRA SUS FIESTAS PATRONALES DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL



Gracias al fotógrafo Paulino López Gálvez, durante muchos años vecino de Las Rozas y creador de Foto Estudio López, establecimiento que sigue ofreciendo sus servicios en la Calle del Caño nº 4, contamos con memorables instantáneas que nos permiten recordar cómo celebraba el pueblo sus fiestas en las últimas décadas del siglo pasado.

Con sus cámaras, su conocimiento técnico, su visión artística y una habilidad muy personal y especial para capturar instantáneas, Paulino López terminó creando un tesoro fotográfico que, hoy en día, constituye buena parte de la Memoria Gráfica y Sentimental de Las Rozas.

En la imagen, una fotografía realizada por P. López en el Pregón del año 1974 (Estudio López).

sábado, 19 de septiembre de 2026

¡¡PLATO!!

Concentración de vainas de escopeta aflorando en el terreno removido de Navalcarbón
 

Hasta entrados los años 90, en la Dehesa de Navalcarbón existió un campo de tiro.

En este espacio, además de ejercitarse la puntería con escopetas de caza, se celebraban campeonatos de tiro al plato, especialmente durante las fiestas patronales de Las Rozas.


Campeonato de Tiro al Plato en la programación de las fiestas patronales de Las Rozas de Madrid (Sábado 5 de octubre de1985)

Campeonato de Tiro al Plato, en modalidad nocturna, en la programación de las fiestas patronales de Las Rozas de Madrid (Viernes 30 de septiembre de 1988)


Actualmente, a pesar de los muchos años transcurridos desde que en la Dehesa dejasen de escucharse los característicos gritos de ¡PLATO!, seguidos de una serie de disparos de escopeta, todavía son visibles en el terreno las huellas de aquellas competiciones.

La concentración de fragmentos de platos resulta especialmente llamativa en algunos puntos de la Dehesa de Navalcarbón


Concentración de fragmentos de platos en detalle

Algunas de las muchas vainas de escopeta que aparecen en la Dehesa de Navalcarbón

También existe el denominado Camino del Campo de Tiro, que discurre por el extremo más oriental de la Dehesa y que, en su día, daba acceso a estas instalaciones.  Un topónimo, sin embargo, prácticamente desconocido y que ya casi nadie utiliza.


Plano callejero de Las Rozas de Madrid en el que aparece recogido el Camino del Campo de Tiro

Restos de una olvidada actividad que, hoy en día, creemos que sería impensable poder realizar en Navalcarbón.


Javier M. Calvo Martínez

lunes, 18 de mayo de 2026

ASÍ SE VEÍA LAS ROZAS DE MADRID EN 1901

 



Sin duda, esta es una de las fotografías panorámicas más antiguas que existen de Las Rozas. En ella, realizada desde la parte alta de la Cuesta de San Francisco, podemos ver el pequeño casco urbano que constituía el centro del pueblo, con la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel presidiendo el conjunto.

Por aquel entonces, Las Rozas pertenecía al Partido Judicial de San Lorenzo de El Escorial y contaba con 300 edificaciones. Su población rondaba los 1.000 habitantes.

En ese año de 1901, el cargo de alcalde lo ostentaba Vicente Bravo Palacios, con Gregorio Maroto de las Heras como secretario, Jesús Salcedo Plaza como juez municipal y Cipriano Gallego Plaza en el cargo de fiscal.

Existía un puesto de la Guardia Civil al mando de un cabo.

El párroco era Eugenio Nedeo Moya.

El médico, el doctor Federico Toledo y, el farmacéutico, Antonio Álvarez.

Bautista Hornado era el veterinario.

Como maestros de Instrucción pública ejercían el profesor para niños Ambrosio Torija y la profesora para niñas Bárbara Pérez.

Aunque la mayor parte de la población se dedicaban a la agricultura y la ganadería, Las Rozas contaba con sus pequeñas industrias y comercios:

Como carniceros figuraban Pablo Bravo, Vicente Bravo, Manuel Riaza y Jenaro Velasco.

Al frente de las tahonas se situaban Inocencio Bermúdez, Luis Bex, Placido Bravo, Adrián Plaza Cueva y Juan Plaza.

Existían dos carpinterías, una de Maximiliano Cordovilla y otra de Ceferino Soria.

Había un constructor de carros llamado Saturnino Cuadrado y una herrería de Matías Cuadrado.

Funcionaba un taller de pirotecnia, a nombre de Francisco Vázquez.

Al comercio de tejidos se dedicaban Cayetano González, Ceferino Soria y Luis Bex. Y como zapateros trabajaban Anacleto Benito, Lorenzo Morán y Venancio Riaza.

Existían tres posadas, regentadas respectivamente por Antonio de la Carrera, Mariano Palacios y Feliciana Plaza.

A la producción y venta de vino se dedicaban Inocencio Bermúdez, Agustín Bravo Cueva, Vicente Bravo, Pablo Bravo, Regino Esteban, Mariano Lázaro Ramos, Pedro Lázaro, Segundo Martín, Mariano Palacios y Manuel Riaza.

Las Rozas estaba bien surtida de tiendas de comestibles, cuyos titulares eran Adrián Bravo Cueva, Pablo Bravo, Vicente Bravo, Regino Esteban, Pedro Lázaro, Mariano Lázaro Ramos, Manuel Raza y Jenaro Velasco.

El pueblo contaba con estación de tren desde 1861, lo que facilitaba los desplazamientos a la capital. En 1901, el precio del billete a Madrid variaba en función de la clase en la que se viajase: los billetes de 3ª clase costaban algo menos de un real, los de 2ª clase en torno a 1,80 reales y los de 1ª clase unos 2,50 reales.

En 1901 todavía no había circulado ningún vehículo a motor por Las Rozas, que se situaba en la confluencia de dos importantes vías de comunicación, como eran la carretera de La Coruña y la carretera de El Escorial, por las que, como su nombre indica, circulaban carros y carretas, además de viajeros andando o a lomos de caballerías.

En general, era una vida esforzada pero tranquila, marcada principalmente por los ciclos del año agrícola.

A muy grandes rasgos, esa era la realidad que se vivía en Las Rozas de Madrid que aparece en esta fotografía de 1901.


Javier M. Calvo Martínez

domingo, 15 de marzo de 2026

VOLVER A EMPEZAR


La guerra castigó duramente a Las Rozas. Las grandes operaciones militares desarrolladas en el municipio, y su posterior condición de línea de frente hasta el final de la contienda, supusieron la devastación del pueblo.

Más del 80 % de sus edificaciones se vieron afectadas, en mayor o menor medida, por las destrucciones. Su población, que en 1936 era de 1.650 habitantes, quedó desperdigada por diferentes lugares. Muchos habían encontrado refugio en pueblos como Torrelodones y, sobre todo, Hoyo de Manzanares. Al finalizar la guerra, los que pudieron, fueron regresando a Las Rozas, donde la mayoría encontraron sus hogares convertidos en ruinas. El censo de población realizado en 1940 indicaba 1.196 habitantes, 454 vecinos menos que los que había en 1936, no recuperándose los niveles demográficos de antes de la guerra hasta la década de los 50.

La economía del municipio sufrió una enorme crisis. La principal actividad productiva, la agricultura, se vio fuertemente sacudida. Muchas de las 1.500 hectáreas que en 1936 se dedicaban al cultivo de cereal, con una producción media de 9.000 quintales de grano (principalmente trigo y cebada), se encontraban surcadas por trincheras, dañadas por las explosiones y con abundante material militar abandonado, potencialmente muy peligroso. En cuanto a las huertas y pequeños regadíos, las explotaciones se habían perdido por completo. Peor situación ofrecía la ganadería: de las 4.000 cabezas de ganado lanar existentes en Las Rozas antes del inicio de la contienda, no quedaba ni una sola oveja; de las 200 cabras, apenas se mantenían unas pocas decenas; las 40 vacas lecheras se habían reducido a 9; el ganado porcino había desaparecido por completo y apenas se disponía de mulas, asnos y caballos.

Tiempos muy difíciles, que obligaban a volver a empezar una dura vida entre ruinas, carencias, esfuerzos y sacrificios de todo tipo.

La fotografía que encabeza esta entrada nos muestra el aspecto que ofrecía la iglesia de San Miguel Arcángel al finalizar la guerra, con solo una de las fachadas de su torre en pie como consecuencia de los bombardeos. Imagen tomada desde la carretera de El Escorial en 1939.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía: Archivo personal de J. M. Calvo

miércoles, 11 de marzo de 2026

EL DESAPARECIDO VALLE DEL ECO


Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que los descampados constituían uno de los principales juguetes para los niños. Territorios infantiles por excelencia donde el control y la tutela de los adultos se suavizaba, e incluso, desaparecía por completo durante varias horas, permitiendo que la chavalería disfrutara de una libertad y autonomía que hoy en día, en que todo está tan supervisado, pautado y regulado, nos puede resultar llamativo.

Las Rozas contaba con numerosos y amplios espacios situados en la periferia de su casco urbano que, más que descampados, eran grandes áreas de terrenos baldíos y eriales algo asilvestrados. Sitios como el Abajón, el Arenalón, la Patatera o Mataborricos, entre otros, se convertían con frecuencia en sugerentes lugares de juego, exploración y aventura para los niños del pueblo.

Posiblemente, el más emblemático de todos ellos fuera el denominado Valle del Eco, poético nombre que los chavales dieron a una zona que se extendía entre Mataborricos y la carretera de La Coruña, donde una serie de pronunciados barrancos, escarpes y cárcavas, generaban una peculiar orografía que resultaba ideal para el disfrute de los pequeños roceños.

En ciertos puntos, las paredes y quebradas de aquellos barrancos formaban profundos surcos y hendiduras en el terreno que, en la imaginación de los menores, se convertían en misteriosos laberintos y complejas encrucijadas habitadas por guerreros, piratas, dragones, princesas, indios y vaqueros. Existían también oquedades que obligaban a pasar reptando y terraplenes por los que deslizarse a modo de toscos toboganes. Por si todo esto no fuera suficiente, en algunos de los lugares más elevados había restos de trincheras y ruinas de fortificaciones, no siendo del todo extraño que las escorrentías de las lluvias dejasen al descubierto balas y casquillos de los tiempos en los que todo aquel entorno había sido frente de guerra.

A su vez, el Valle del Eco contaba con una serie de elementos característicos a los que, en ocasiones, los chavales dotaban de nombre propio, tales como el “Árbol Solitario”, un ejemplar de gran tamaño que crecía cerca del cauce de uno de los arroyos estacionales que discurrían por la zona; “El Castillo”, un lugar acarcavado que asemejaba los muros de una fortaleza; o “Las Covachas”, una serie de pequeñas cavidades excavadas en el terreno que, muy probablemente, serían refugios semiderruidos construidos durante la guerra.

Ir al Valle del Eco suponía una pequeña excursión. Andando o en bicicleta, las pandillas acudían a este paraje, en ocasiones con algo de merienda, donde pasaban las horas jugando a conquistar imaginados fuertes y descubrir valiosos tesoros; construyendo cabañas con ramas de retama; acechando culebras y lagartijas; capturando renacuajos; practicando puntería con artesanales tirachinas; tratando de escalar los terraplenes más arriesgados o simulando que sus destartaladas bicicletas eran potentes motos de cross.

Incluso, aquellos que vivieron su infancia en los años 50 y primeros 60, recuerdan haberse llegado a bañar en las charcas que en ocasiones formaban los veneros procedentes de los cerros cercanos, un agua que todavía era fresca y cristalina, pero que la posterior urbanización de las zonas aledañas acabó contaminando primero y, poco después, eliminado por completo.

Con mayor o menor intensidad, este lugar siguió siendo un espacio de juegos hasta finales de los 90. Ya en 2002, un nuevo desarrollo urbanístico supuso su completa transformación topográfica, a base de desmontes, colmatación de vaguadas y enormes movimientos de tierra. La zona fue urbanizada y todo se llenó de avenidas y edificaciones.

En la nueva organización urbana, la parte central de lo que fue el Valle del Eco se correspondería, aproximadamente, con la zona que actualmente queda delimitada por las calles Emilia Pardo Bazán, Gloria Fuertes y María Blanchard, aunque los chavales más intrépidos, en ocasiones, llegaban a extender sus exploraciones y juegos hasta las laderas del Cerro de la Curia, más o menos, por donde actualmente discurre la calle María Moliner.

Nada queda hoy de todo aquello, sepultado por el asfalto, el ladrillo y el olvido. Solo en la memoria sentimental de aquellos quienes aquí vivieron agradables momentos de infancia, resuena todavía el eco que dio nombre a este desaparecido paraje.


El Valle del Eco en 1963

El Valle del Eco en 1972

El Valle del Eco en 1980

El Valle del Eco en 2025


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía actual: J. M. Calvo

Fotografías aéreas: Comunidad de Madrid

sábado, 28 de febrero de 2026

DESDE EL CERRO CASCABEL





Nadie ha sabido decirme el origen de este peculiar topónimo con el que, desde muy antiguo, era conocido un promontorio bien definido que se levantaba, aproximadamente, a espaldas de lo que hoy es la Plaza de España, en Las Rozas, por donde actualmente discurre parte de la Avenida del Doctor Toledo. Un cerro cuya orografía natural se encuentra completamente transformada, debido al intenso proceso de urbanización al que ha sido sometido todo el entorno. Por otra parte, cada vez son menos los vecinos que recuerdan haber oído hablar de este cerro y, aun menos, los que son capaces de situarlo con exactitud.

Sin embargo, durante muchos siglos, el cerro Cascabel constituyó uno de los lugares más peculiares y emblemáticos del pueblo. A los pies de su ladera sur se ubicaba el Barrio de la Solana, uno de los seis barrios históricos que conformaban el antiguo casco urbano de Las Rozas, totalmente desaparecido en la actualidad. Por su vertiente oriental discurría el antiguo camino de la “Carnecería”, que comunicaba el centro del pueblo con la carretera de Segovia y la cañada de Valladolid, dos importantísimas vías de comunicación, cuyo trazado se correspondía, aproximadamente, con el que actualmente sigue la carretera de La Coruña.

Parece que siempre fue un cerro muy pelado, sin ningún tipo de arbolado, dedicándose parte de sus tierras, de manera cíclica, al cultivo, el barbecho y el pastizal. En su zona más elevada, convenientemente allanada, se situaban algunas de las más importantes eras de Las Rozas, cuyo característico empedrado, a base de cantos rodados, todavía era apreciable en algunos puntos hasta entrados los años 70. En estas eras, durante siglos, se trilló y aventó el cereal, uno de los procesos más importantes del ciclo agrícola. Y es precisamente en esta actividad donde a nosotros se nos antoja que pudiera estar el origen del nombre que recibía el cerro, es decir, en el característico sonido que debían hacer los cascabeles que, presumiblemente y como era tradición en tantos pueblos de Castilla, se colocaban en los arreos de las mulas que hacían girar los trillos con los que se separaba el grano de la paja.

En los taludes de este cerro se situaban también algunas de las bodegas con las que antaño contó Las Rozas, en las cuales se almacenaba y fermentaba el mosto procedente de los viñedos que existían en zonas como Cerro Mocho y el Parralejo, situadas en lo que hoy es La Marazuela, o en torno al arroyo del Plantío, al sur de la carretera de El Escorial, y que producían un vino morapio recio y de alta graduación, destinado básicamente al consumo local.

Sus características topográficas supusieron que, durante la Guerra Civil, una vez estabilizado el frente al concluir las grandes operaciones militares, se organizase en este cerro una importante posición defensiva, habiéndose mantenido huellas de algunas trincheras hasta los años 70.

Ya en los 50, comenzaron a levantarse algunas viviendas unifamiliares, proceso que continuaría durante los años 60 y 70, sin que todavía se desvirtuasen en exceso las características básicas del cerro. En una de estas edificaciones se situó el que, durante mucho tiempo, sería uno de los bares más emblemáticos de Las Rozas: el bar La Parra, cerrado desde hace ya muchos años.

A partir de los 80, comenzó un acelerado proceso de urbanización que transformó radicalmente el entorno, haciendo desaparecer este típico enclave que, poco a poco, fue cayendo en el olvido, a pesar de que a una pequeña zona ajardinada se le asignó oficialmente el nombre de Parque del Cerro Cascabel, aunque realmente nadie lo llama así.

Precisamente, las fotografías que encabezan esta entrada están hechas desde esa zona actualmente ajardinada. En la más antigua, realizada a finales de los años 40, podemos apreciar, en primer término, las viejas edificaciones de adobe y tapial que existían en lo que hoy es la calle San Martín. También vemos la parte trasera de la Plaza Mayor, un tramo de la Avenida de los Toreros, y las casas del Barrio de Regiones situadas en torno a la Avenida de la Constitución y la Calle Ebro. Dominando el conjunto, visual y estéticamente, la iglesia de San Miguel con sus jardines aterrazados todavía a medio construir, las desaparecidas escuelas y, a lo lejos, el edificio principal de la comunidad religiosa Sagrada Familia, con la carretera de El Escorial al fondo, flanqueada por árboles con sus troncos encalados hasta cierta altura para facilitar la conducción nocturna.

La fotografía moderna muestra las enormes transformaciones que ha experimentado todo el entorno desde entonces.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual: J. M. Calvo




miércoles, 18 de febrero de 2026

AYER Y HOY


En la primera fotografía, realizada hacia mediados de los años 40 desde los jardines de la iglesia de San Miguel, en Las Rozas de Madrid, puede verse parte de las calles Cándido Vicente, Lonja y Escalerilla recién finalizada su construcción.

En primer término, aparecen los muros de mampostería de granito que conformaban los jardines aterrazados y conectados por escalinatas que Regiones Devastadas diseñó en torno a la iglesia, con sus características bolas de piedra apiconada a modo de remates decorativos. También se aprecia alguno de los bancos hechos con losas de granito que existían en ese primer tramo de jardín.

A continuación, las edificaciones de la calle Cándido Vicente: a la izquierda se puede ver parte de lo que con el tiempo se convertiría en despachos parroquiales, salón de actos y vivienda del coadjutor, o sacerdote auxiliar; a la derecha, una pequeña parte de la vivienda del párroco. Ambas construcciones con amplios porches abalconados hacia la calle Lonja.

Un poco más allá, las viviendas situadas en torno a la calle Escalerilla, manteniendo todos los elementos constructivos un equilibrio de alturas y volúmenes para crear una perspectiva armónica con la Plaza Mayor. Compartiendo ambos conjuntos arquitectónicos un estilo estético similar, basado en el empleo del ladrillo visto para columnas, jambas, dinteles o verdugadas, así como en el uso del revoco de tonos ocres en muros y fachadas. Tal y como se aprecia en la fotografía, estas casas disponían también de grandes porches, pudiéndose ver en uno de ellos a una niña de pie junto a un grupo de tres mujeres sentadas en sillas, que aparentemente están cosiendo.

En último término, alguna construcción dispersa en los amplios descampados que se extendían tras el Ayuntamiento, a ambos lados de lo que hoy es la avenida del Doctor Toledo, con la sierra de Guadarrama al fondo.

Poco a poco, diferentes intervenciones irían transformando y desvirtuando este pequeño paisaje urbano. A principios de los 70 se realizaron reformas para convertir en despachos parroquiales la que inicialmente había sido residencia del sacerdote coadjutor (Don Eulogio cuando yo era niño), eliminando el porche, transformando el antiguo patio en salón de actos y elevando parcialmente una altura del edificio para destinarla a vivienda. Ya en los 80, la casa del sacerdote párroco (que en aquel entonces era Don Jerónimo) se amplió con el cerramiento del porche y el aprovechamiento de parte del patio para la construcción de un garaje. Intervenciones que, no obstante, no llegaron a alterar en exceso la unidad del conjunto. Sin embargo, a mediados de esa misma década, fueron demolidas algunas edificaciones de la calle Escalerilla para levantar un bloque de varias alturas que, a pesar de haber pretendido cierto mimetismo visual en sus fachadas, supondría la definitiva ruptura estética y volumétrica de esta peculiar secuencia urbana.

El proceso ha seguido agravándose hasta nuestros días, tal y como puede comprobarse en la segunda fotografía, realizada en 2026, con la sustitución del resto de antiguas casas por grandes bloques de viviendas; la total remodelación de la primitiva residencia del cura, añadiéndole una nueva altura; y el desmantelamiento de los jardines aterrazados originales para la construcción de un aparcamiento subterráneo: eliminando zonas completas, transformando radicalmente otras, alterando la altura de los muros o cercenando alguna de las escalinatas, lo que ha dado como resultado unos nuevos jardines con una disposición asimétrica y descabalada, estropeando una de las más logradas y singulares actuaciones de Regiones Devastadas. 


Javier M. Calvo Martínez


Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual realizada por J. M. Calvo