domingo, 25 de enero de 2026

UNA CUESTIÓN DE ESTÉTICA


A las actuaciones desarrolladas por la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, organismo encargado de la reconstrucción de Las Rozas al concluir la Guerra Civil, se le pueden criticar muchas cosas.

Por ejemplo: la simpleza de su esquema urbanístico (trazado viario ortogonal y manzanas cuadrangulares cerradas); lo impostado de su estilo, imitando modelos idealizados de la arquitectura popular castellana con forzadas mistificaciones escurialenses; la humildad de los materiales empleados; la excesiva ruralización de su planteamiento, o el carácter irremediablemente ideologizado de su enfoque.

Pero lo que no podrá achacarse a los proyectos de reconstrucción de Regiones Devastadas es la falta de sentido estético. Toda la planificación vial desarrollada en Las Rozas, así como su concepción arquitectónica, trataron de buscar la coherencia y el equilibrio estético, prestando gran atención a la armonía de escalas, así como a la unidad visual de los elementos que debían constituir el nuevo espacio urbano.

En este sentido, destacaron claramente el conjunto de la Plaza Mayor, el Barrio de Regiones, la gran manzana formada por el Parador y las viviendas adyacentes en la parte alta del pueblo, los jardines aterrazados de la iglesia parroquial de San Miguel, o el grupo de viviendas construidas en torno a la calle Real, calle Escalerilla y actual avenida de la Constitución.

Pese a lo humilde y austero de las tramas y morfologías, algo obligado por las limitaciones propias de la posguerra, Regiones Devastadas logró crear conjuntos singulares, ordenados y articulados en pequeñas secuencias urbanas, cuidando siempre la perspectiva y el equilibrio de volúmenes y tipologías. Surgió así una nueva e interesante configuración visual y espacial del paisaje urbano, con el que muy pronto pudieron identificarse sus vecinos.

Lamentablemente, los proyectos e intervenciones posteriores ni respetaron ni mantuvieron aquella sensibilidad. Hoy todo aquello ha desaparecido. El casco histórico de Las Rozas ha perdido muchas de sus señas de identidad, y del cuidado estético puesto por Regiones Devastadas en la reconstrucción del pueblo no queda prácticamente nada. Las posteriores actuaciones constructivas no han tenido ninguna consideración hacia los edificios históricos y más emblemáticos; los conjuntos arquitectónicos y las secuencias urbanas han perdido su sentido original; visualmente, se han roto las perspectivas y armonías volumétricas, con alteraciones en las alturas de las edificaciones y las más variopintas tipologías en fachadas y cubiertas.

Sirvan como muestra las fotografías que encabezan esta entrada. En ellas, se aprecia el pasado y el presente del conjunto de viviendas construido entre 1942 y 1946 por Regiones Devastadas en la manzana que forman la calle Real y la avenida de la Constitución, así como la pérdida de su sentido inicial, con la paulatina desaparición de los edificios originales y la total falta de interés por la cuestión estética.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual realizada por J. M. Calvo

lunes, 5 de enero de 2026

LA FIESTA DE LOS QUINTOS EN LAS ROZAS


 

Aunque hay referencias de modelos similares desde la Edad Media, no sería hasta el siglo XVIII cuando en España se implante de manera regular el sistema de quintas para el reclutamiento militar obligatorio.

Básicamente, y a pesar de las múltiples modificaciones que fue experimentando a lo largo del tiempo, este sistema establecía anualmente la incorporación temporal al ejército de la quinta parte de los jóvenes que alcanzaban la mayoría de edad en ese año, de ahí su nombre.

Desde entonces, y hasta la completa anulación del servicio militar obligatorio en 2001 (la famosa “mili”), se hizo costumbre en multitud de poblaciones realizar la Fiesta de los Quintos. En ella, los jóvenes que eran llamados a filas ese año se juntaban un día señalado para recorrer alegremente las calles del pueblo con música y cantos, visitando las casas donde se les ofrecía dulces y licores, y organizando una buena comilona, alargándose la juerga hasta altas horas de la noche.

Este popular festejo, que claramente consistía en un rito de paso que marcaba la transición a la madurez, servía a la vez para estrechar la unión y el compañerismo entre los mozos del pueblo. Era también una fiesta de despedida de unos muchachos que, en el mejor de los casos, iban a pasar mucho tiempo fuera de casa, pues el servicio militar se podía alargar durante varios años o, peor aún, tocarles participar en alguna de las habituales guerras, con las terribles consecuencias que aquello podía acarrear.

Cada población celebraba su Fiesta de Quintos en diferentes fechas: unos la hacían coincidir con el carnaval, otros con el principio de la primavera o con el final de verano y, otros muchos, con la Navidad.

Hasta donde sabemos, parece que en Las Rozas siempre fue tradición celebrar esta fiesta la víspera de Reyes. Ese día, ya desde la mañana, los quintos comenzaban la ronda por las calles del pueblo, cantando coplas y seguidillas con el acompañamiento de guitarras, bandurrias y almireces. En las diferentes casas, los vecinos les ofrecían comida, bebida y alguna propinilla para ayudar a financiar la fiesta. En alguna de las tabernas del pueblo se preparaba una buena comilona con la caza del día anterior, todo ello acompañado de abundante vino procedente de los viñedos que en el pasado tuvo Las Rozas.

La fiesta continuaba en la plaza hasta altas horas de la noche. Para hacer frente a las gélidas temperaturas de enero, las jornadas previas se hacía una buena provisión de leña, encendiéndose una gran lumbre en torno a la cual se seguía bebiendo, cantando y bailando alegremente hasta que el cuerpo aguantase.

En esencia, este tipo de celebración se mantuvo en Las Rozas hasta que, en 2001, fue suprimida oficialmente la mili, siendo la última quinta llamada a filas la nacida en 1982. Sin embargo, con el objetivo de mantener vivo el recuerdo de esta tradición tan emblemática para tantas generaciones de roceños, la Peña Recreativa Club Las Rozas 70 decidió en su día continuar con la costumbre de organizar una gran hoguera de Quintos en la noche de Reyes, la cual suele encenderse en torno a las 12:00 de la noche. De esta manera, año tras año, en los compases finales de la Navidad, algunos vecinos de Las Rozas vuelven a juntarse amigable y festivamente en torno al fuego, tal y como se ha venido haciendo desde hace más de 200 años. 

En la fotografía que encabeza esta entrada, realizada en los años 60 por Pablo Gómez Bravo, al que nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos por la maravillosa colección de instantáneas que nos dejó de un pueblo de Las Rozas ya desaparecido (y que tanto él como posteriormente su familia han compartido multitud de veces de forma generosa y desinteresada), podemos ver el enorme acopio de ramas y leña preparado frente a la Plaza Mayor para, llegado el momento, encender la gran Hoguera de los Quintos.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía: Pablo Gómez Bravo

martes, 18 de noviembre de 2025

LA VIEJA ESCUELA

 


La historia de este singular edificio de Las Rozas comienza en 1944, cuando el organismo Regiones Devastadas, bajo la dirección del arquitecto Fernando García Rozas, proyectó la construcción de una nueva escuela destinada a la educación de niñas. El lugar elegido para su ubicación fue en la base de la ladera oeste del cerro sobre el que se asienta la iglesia de San Miguel Arcángel, en el espacio que hoy en día delimitan la Avenida de la Constitución y la Avenida de la Iglesia.

Las obras se iniciaron en 1945 y se alargaron hasta 1950, dando como resultado un edificio austero y funcional, pero con cierto encanto.

Estaba compuesto por dos pabellones de planta rectangular, destinados a las aulas y otras dependencias auxiliares, articulados por un vestíbulo y distribuidor central de planta cuadrada. La fachada principal, muy sencilla, se abría hacia la intersección de las mencionadas calles. En la fachada posterior destacaba un espacioso pórtico de cuerpo cúbico formado por tres grandes arcos de medio punto con tejado a tres aguas.

El edificio, de una sola planta y cubierta de teja árabe, descansaba sobre zócalo de granito con encintado de ladrillo. Tenía fachadas enfoscadas, amplios ventanales y dos chimeneas, limitándose la decoración a unas sencillas jambas y dinteles de ladrillo visto en los accesos.

La escuela presidía una amplia parcela delimitada por una valla de celosía de ladrillo enfoscado, rematada por losas de granito y con puertas enrejadas, que se integraba perfectamente en el conjunto estético que conformaban la iglesia y los jardines aterrazados que la rodeaban, formados por muros de granito y largas escalinatas.

Como ya hemos indicado, inicialmente se destinó a escuela para niñas, terminando, ya en los años 80, como centro de educación preescolar, siendo necesario construir en la misma parcela un nuevo edificio de dos plantas y ladrillo visto para atender las necesidades de una población cada vez más numerosa.

Durante sus últimos años, la vieja escuela fue empleada para diferentes funciones municipales hasta que, a finales de los 90, con motivo de la construcción del parking de la Avenida de la Constitución, se procedió a su demolición, perdiéndose así otro peculiar edificio que, aunque humilde desde un punto de vista arquitectónico, tenía un destacado valor sentimental para muchos vecinos y vecinas de Las Rozas.

En la fotografía que encabeza esta entrada, realizada desde la torre de la iglesia un frío día de invierno (se aprecia una fina capa de nieve en algunos puntos), podemos ver el aspecto que ofrecía la escuela poco antes de su inauguración, con una serie de hoyos preparados para plantar árboles. Al fondo, a la derecha de la imagen, aparece parte del Barrio de Regiones, mientras que a la izquierda se ven algunas de las edificaciones pertenecientes a la comunidad religiosa Sagrada Familia.

Hoy en día, el sitio que ocupaba el conjunto escolar constituye un espacio abierto, pavimentado casi en su totalidad y poco ajardinado, en el que existe una pequeñísima zona infantil con un par de columpios en los que, cuando juegan los niños, parece activarse una tenue reminiscencia que podría evocar los tiempos en los que ese mismo lugar acogía los recreos de la vieja escuela.


Javier M. Calvo Martínez

viernes, 7 de noviembre de 2025

27-ABRIL-1964: EL PRÍNCIPE JUAN CARLOS VISITA LA ESTACIÓN DE LAS MATAS



A principios de los años 60, el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón completaba su formación militar y académica con viajes y visitas a diferentes puntos de España para conocer, de primera mano, aspectos relacionados con la industria, la economía, la sociedad o la cultura del país.

En 1964, aprovechando que la empresa Agroman estaba empleando una novedosa maquinaria para sustituir las antiguas traviesas de madera por otras de hormigón en la estación de Las Matas, se consideró oportuno organizar una visita guiada para que el joven príncipe conociese el proceso.

La fecha elegida fue el 27 de abril. Ese día, lluvioso y desapacible, un grupo de lujosos vehículos estacionaron en la carretera de La Coruña, junto a la estación de Las Matas. Juan Carlos de Borbón, acompañado de un nutrido séquito, entre los que se encontraba el todopoderoso empresario y financiero José María Aguirre González, presidente de Agroman, visitó los trabajos que la imponente maquinaria estaba realizando en las vías de la estación.

El evento fue cubierto por varios periodistas, entre los que se encontraba el fotógrafo Juan Miguel Pando Barrero (1915-1992) que realizó un amplio reportaje fotográfico, actualmente conservado en la Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España.

De todas estas instantáneas, hemos seleccionado las que nos han parecido más interesantes por apreciarse en ellas, si bien es cierto que en un segundo plano, edificios y detalles que nos muestran el aspecto que ofrecía Las Matas en aquellos primeros años 60. Incluso, es posible que, en alguna fotografía, alguien pueda reconocer a alguna de las personas que aparecen.




Al fondo, el antiguo edificio de la estación de Las Matas, demolido en los años 90.




Tras la maquinaria, se aprecia el edificio de la estación, con su característico rótulo de azulejos amarillos y letras azules.



El príncipe Juan Carlos junto a otros miembros de la comitiva. En segundo plano, posible personal ferroviario. Al fondo, las edificaciones de la estación de Las Matas.





Dos panorámica que permiten observar el conjunto de la estación, con la llegada de trenes, el anden que existía hacia el lado de Las Matas y, al fondo a la derecha, el aspecto que ofrecía el lugar que hoy en día ocupan el final de la calle Martín Irirarte, la Plaza del Ferrocarril y el comienzo de la Avenida de Los Peñascales.




Al fondo de la imagen, tras la maquinaria, aparece la Subestación Eléctrica y la iglesia del Barrio Ferroviario, ambos edificios se conservan en la actualidad.




Colocación de traviesas. Al fondo, un tren para en el anden que da a Las Matas.




Técnicos observando la maquinaria.







Varias fotografías con personal ferroviario y operarios de la empresa Agroman.





Algunos vecinos se acercan curiosos a la comitiva del príncipe Juan Carlos.




Al fondo, el final de la actual calle Martín Iriarte. Entre los edificios que se aprecian destaca el "Bar El Pilar".





El presidente de Agroman, José María Aguirre Gonzalo, conversa y da explicaciones al príncipe Juan Carlos.




El príncipe Juan Carlos de Borbón camina junto a sus acompañantes por un anden de la estación. Al fondo, la carretera de La Coruña.



Javier M. Calvo Martínez

jueves, 6 de noviembre de 2025

LA "QUEMA DEL JUDAS" DE MAJADAHONDA


Fotografía realizada por Antonio Alcoba López, años 60 (Hemeroteca Municipal de Madrid)


La “Quema del Judas” es una tradición que, con diferentes variantes, se celebra en muchos pueblos de España, normalmente, al final de la Semana Santa.

Aunque con claras reminiscencias paganas, esta celebración está íntimamente asociada a los autos religiosos y gira en torno a la figura de Judas Iscariote que, según los Evangelios, traicionó a Jesús a cambio de 30 monedas de plata en el jardín de Getsemaní, donde por medio de un beso identificó a su maestro para que pudiera ser detenido, comenzando así la pasión y muerte de Cristo.

Todo ello provocó que la cultura cristiana convirtiera a la figura de Judas en sinónimo de corrupción, engaño y vileza, lo que justificaría esta tradición popular en la que un muñeco o pelele, que representa al apóstol traidor, es quemado, apedreado, manteado y/o apaleado públicamente, simbolizando así el triunfo del bien sobre el mal y la derrota del pecado.

Desde el año 2013, el Domingo de Resurrección tiene lugar en Majadahonda una de estas quemas del Judas, recuperando una costumbre que hacía varias décadas que había dejado de celebrarse. En realidad, no parece que se tratase de un evento demasiado antiguo ni arraigado en el municipio. Con anterioridad a la Guerra Civil no encontramos ninguna referencia al mismo, y habrá que esperar hasta los años 50/60 para poder constatar su celebración, la cual se terminó perdiendo hacia finales de los 70, principios de los 80.

Sin embargo, Tomás Descalzo Aparicio, en su libro de memorias titulado “Historias de Majadahonda” (2005), nos presenta El Judas como “una tradición muy arraigada en Majadahonda” y nos describe detalladamente las características fundamentales de la misma:

“En Semana Santa se hacía un muñeco de trapo de grandes proporciones que representaba a todo lo malo que había ocurrido durante el año y al que se le llamaba “El Judas”. Durante algunos años su cara trataba de parecerse a la del alcalde de turno.

El día anterior a su ejecución lo pasaba el muñeco en el calabozo de Majadahonda y llegada la hora lo colocaban en la plaza de la Constitución sobre una pira de leña, bien sujeto para que permaneciera en pie el mayor tiempo posible. Se le prendía fuego y dos personas respetables del pueblo, con sendos palos largos, le daban una soberana paliza ante el alborozo de los vecinos que se habían concentrado a su alrededor. Después de la quema se lanzaba una colección de fuegos artificiales.”

Sin duda, el origen de la Quema del Judas en Majadahonda partió de la parroquia, ya que esta celebración se realizaba al final de la Procesión del Santo Encuentro, tradicional en muchos pueblos de España, pero que en Majadahonda también parece haber comenzado a celebrarse en aquellos años 50/60. Durante este acto solemne, que se realizaba el Domingo de Resurrección, dos procesiones salían de la iglesia de Santa Catalina en direcciones opuestas: una con la Virgen de la Alegría, cuyo rostro era cubierto con un velo, y otra con la imagen del Divino Niño, que representaría a Jesús resucitado. Al final de sus respectivos recorridos, ambas procesiones se encontraban frente a la iglesia, momento en el que el alcalde retiraba el velo del rostro de la virgen, procediéndose posteriormente a la quema del Judas.

Afortunadamente, contamos con una serie de magnificas fotografías realizadas en los años 60 por Antonio Alcoba López, en las que podemos ver cómo eran aquellas primeras Quemas del Judas en Majadahonda, confirmando muchos de los detalles que Tomás Descalzo Aparicio recogía en sus memorias.



Fotografía realizada por Antonio Alcoba López, años 60 (Hemeroteca Municipal de Madrid)


En esta primera fotografía se recoge el momento final de la Procesión del Santo Encuentro, en el que ambas imágenes se encuentran frente a frente.



Fotografía realizada por Antonio Alcoba López, años 60 (Hemeroteca Municipal de Madrid)


Esta instantánea, realizada desde la torre de la iglesia, nos ofrece una panorámica general del ambiente previo a la quema del Judas. Resulta especialmente interesante conocer el aspecto que en aquellos años 60 ofrecían la calle de la Iglesia y la Plaza de la Constitución, ambas sin pavimentar y donde, junto a edificaciones más antiguas, destacan algunas de las actuaciones realizadas por el organismo Regiones Devastadas al concluir la guerra, como una serie de viviendas y el grupo escolar que aparecen en la parte superior, a la derecha de la imagen. También, al fondo, podemos ver el antiguo cementerio junto al camino que conducía a Las Rozas.


Fotografía realizada por Antonio Alcoba López, años 60 (Hemeroteca Municipal de Madrid)


La presente fotografía, junto a la que encabeza esta entrada, nos permiten apreciar las características del muñeco que representaba al Judas, un pelele confeccionado con ropas viejas y trapos, relleno de paja y colocado en un poste. La figura era aderezada con cintas de petardos, cuyo encendido provocaba una atronadora sucesión de explosiones que anunciaban el inicio de la quema del muñeco.



Fotografía realizada por Antonio Alcoba López, años 60 (Hemeroteca Municipal de Madrid)


Magnífica instantánea que creemos recoge perfectamente el ambiente que creaba la Quema del Judas, en la que además podemos ver uno de los conjuntos de casas que sobrevivieron a las destrucciones de la Guerra Civil, en concreto, las que se situaban en la antigua calle Real, saliendo de la plaza por su lado este, hoy desaparecidas.



Fotografía realizada por Antonio Alcoba López, años 60 (Hemeroteca Municipal de Madrid)


Por último, y tal y como recogía Tomás Descalzo Aparicio en sus memorias:

"Se le prendía fuego y dos personas respetables del pueblo, con sendos palos largos, le daban una soberana paliza ante el alborozo de los vecinos que se habían concentrado a su alrededor."

En definitiva, un gran documento gráfico de Majadahonda y sus gentes en los años 60 del siglo pasado, que tenemos que agradecer al periodista y Doctor en Ciencias de la Comunicación Antonio Alcoba López, prestigioso profesional del fotoperiodismo nacido en 1935, así como a la Hemeroteca Municipal de Madrid, en cuyos archivos se conservan muchas de sus magníficas fotografías.


Javier M. Calvo Martínez

sábado, 27 de septiembre de 2025

SUPERVIVIENTES


 


Al finalizar la guerra, la mayoría de los edificios de Las Rozas estaban completamente destruidos o muy dañados. No obstante, entre el montón de ruinas general destacaban algunas construcciones que habían corrido mejor suerte, y sus desperfectos eran pocos o de menor entidad.

Los informes realizados por el organismo Regiones Devastadas, encargado de la reconstrucción del pueblo, contabilizaban 35 edificaciones ligeramente afectadas y 13 que podían considerarse en condiciones normales.

Aunque algunas de estas casas serían demolidas, ya que su ubicación y características suponían un impedimento para los proyectos de reconstrucción, otras se mantuvieron y fueron restauradas.

Algunas de ellas eran muy antiguas, viviendas rurales de aires manchegos construidas en tapial y adobes encalados. Otras eran más recientes, de tipo urbano, en las que se intercalaba el ladrillo visto con la mampostería, y los balcones con los balaustres de hierro forjado. Tampoco faltaban las villas y hotelitos, modelo de tipo unifamiliar, generalmente con parcela, que desde principios del siglo XX había ido proliferando en algunas zonas del pueblo como viviendas de recreo y descanso.

Muchas de estas casas se mantuvieron hasta hace relativamente poco tiempo, habiendo existido interesantes ejemplos en la calle Real, la Avenida de la Coruña, la Plaza de Madrid, el barrio de La Suiza o la zona de la estación. Pero a partir de la década de los 90 comenzó una progresiva destrucción que afectó a la mayoría de estas construcciones, así como a la práctica totalidad de las que habían sido levantadas por Regiones Devastadas, hasta no dejar apenas ningún vestigio del pasado urbano y arquitectónico de Las Rozas.

Por ello, resulta llamativo encontrar hoy en día una edificación que ya existiera antes de la guerra y, más aún, que haya mantenido su aspecto original prácticamente inalterado. Esto es lo que sucede con dos casitas que se sitúan en la Avenida de La Coruña, en la zona que antiguamente recibía el nombre de Barrio de Arriba, el cual se extendía longitudinalmente y en paralelo a la carretera nacional.

Se trata de viviendas de dos alturas, construidas con ladrillo y cemento, muros enfoscados y balcones y ventanas con rejados y barandillas de hierro forjado. Como podemos apreciar al comparar la fotografía reciente con la realizada al terminar la guerra, apenas han experimentado cambios estéticos, a excepción de la remodelación de la planta baja de una de ellas para convertirla en local comercial.

Por lo demás, resulta ilustrativo comprobar los daños que muestran las edificaciones colindantes, especialmente la que aparece a la derecha de la imagen, así como los impactos de fusilería que se aprecian en los muros y contraventanas. Otro detalle destacable en la fotografía antigua es la presencia, en primer plano, de una de las fuentes públicas de hierro fundido que habían sido instaladas en el pueblo en los años 20, las cuales suministraban agua procedente de los Pozos del Tomillarón y que, como podemos comprobar en la imagen, además de caño disponían de un pequeño pilón.

También es llamativo el recrecimiento que ha tenido el terreno en la zona por la que discurre la calzada para vehículos, que ha dejado a las casas a un nivel inferior.

Dos construcciones humildes, pero que tienen el valor de ser de las más antiguas de Las Rozas, resistentes y supervivientes al paso del tiempo, la guerra, la reconstrucción, las reformas y remodelaciones, las reorganizaciones urbanísticas y la especulación inmobiliaria… Al menos, de momento.


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía antigua: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez

Fotografía actual: J. M. Calvo Martínez

domingo, 14 de septiembre de 2025

LAS FIESTAS PATRONALES DE MAJADAHONDA HACE UN SIGLO

 



Hoy, 14 de septiembre, es el día grande de las fiestas patronales de Majadahonda, que se celebran en horno al Santísimo Cristo de los Remedio.

Parece que el origen de esta celebración en Majadahonda se situaría en el siglo XVIII, cuando se construyó al sur del pueblo, junto al camino que conducía a Pozuelo, una ermita en honor al Cristo del Humilladero, posteriormente denominado de los Remedios.

La devoción hacia este Jesús crucificado arraigó con fuerza entre los majariegos, creándose una cofradía encargada de velar por el culto y cuidado de la imagen y su ermita, así como de impulsar obras piadosas y celebrar diversos actos religiosos a lo largo del año.

De todos ellos, el más importante se hacía coincidir con el día de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre). Unos días antes de esta fecha, la imagen era conducida en procesión desde su ermita hasta la iglesia parroquial, donde se celebraban diversos servicios religiosos acompañados de festejos. Terminados los días de fiesta, la imagen volvía a ser llevada a su ermita.

Con el tiempo, el culto y la celebración del Cristo de los Remedios se institucionalizaron, convirtiéndose en las fiestas patronales de Majadahonda, que se han venido celebrando desde entonces al final del verano.

En esta fotografía, realizada en los años 20 del siglo pasado, aparece uno de los momentos más esperados de las fiestas en aquellos tiempos, la tarde de toros, que congregaba a todo el vecindario y atraía hasta Majadahonda a multitud de forasteros procedentes de los pueblos colindantes, e incluso, de la capital y de otras poblaciones aún más distantes.

El festejo taurino se celebraba en la plaza principal, situada frente a la iglesia parroquial de Santa Catalina, que desde finales del siglo XIX recibía el nombre oficial de Plaza de la Constitución. Este espacio, en el que se situaba también el ayuntamiento, constituía el centro neurálgico de las fiestas patronales, siendo también el lugar en el que se desarrollaban los bailes con orquesta, otro de los platos fuertes de las fiestas.

Como podemos ver en la fotografía, el recinto para la lidia se acotaba con carros, tablones y talanqueras, que eran ocupados masivamente por los asistentes para ver las faenas que realizaban modestos toreros y maletillas contratados por el Ayuntamiento. Además de la lidia, se soltaban toros y vaquillas para que los mozos se lucieran con carreras, recortes y pases improvisados, no faltando los sustos y sobresaltos que provocaban las caídas y revolcones ocasionados por las embestidas de los animales.

Uno de los elementos más celebrados era el denominado “carro de la risa”, consistente en un carro de dos ruedas que se dejaba en el centro de la plaza para que los mozos pudieran ponerse a salvo del toro. En función del número de personas que subían al carro, este se balanceaba de un lado a otro, basculando sobre su propio eje como si fuera un columpio, con el riesgo que suponía quedar del lado caído frente al astado, lo que generaba todo tipo de situaciones cómicas, no exentas de riesgo, que el público celebraba con risas y algarabía.

En la fotografía podemos apreciar también el aspecto que ofrecía hace un siglo la fachada norte de la iglesia de Santa Catalina Mártir, con el pórtico original que daba acceso al templo, sustituido durante los trabajos de reconstrucción desarrollados por el organismo Regiones Devastadas tras la guerra.


Ver también la entrada "Una mirada al pasado XII: Día de fiesta, Majadahonda años 20 del siglo pasado"


Javier M. Calvo Martínez

Fotografía: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez