Nadie ha sabido decirme el
origen de este peculiar topónimo con el que, desde muy antiguo, era conocido un
promontorio bien definido que se levantaba, aproximadamente, a espaldas de lo
que hoy es la Plaza de España, en Las Rozas, por donde actualmente discurre parte de
la Avenida del Doctor Toledo. Un cerro cuya orografía natural se encuentra
completamente transformada, debido al intenso proceso de urbanización al que ha
sido sometido todo el entorno. Por otra parte, cada vez son menos los vecinos
que recuerdan haber oído hablar de este cerro y, aun menos, los que son capaces de
situarlo con exactitud.
Sin embargo, durante muchos siglos,
el cerro Cascabel constituyó uno de los lugares más peculiares y emblemáticos
del pueblo. A los pies de su ladera sur se ubicaba el Barrio de la Solana, uno
de los seis barrios históricos que conformaban el antiguo casco urbano de Las
Rozas, totalmente desaparecido en la actualidad. Por su vertiente oriental
discurría el antiguo camino de la “Carnecería”, que comunicaba el centro del pueblo con la carretera de Segovia y la cañada de Valladolid,
dos importantísimas vías de comunicación, cuyo trazado se
correspondía, aproximadamente, con el que actualmente sigue la carretera de La Coruña.
Parece que siempre fue un
cerro muy pelado, sin ningún tipo de arbolado, dedicándose parte de sus tierras, de
manera cíclica, al cultivo, el barbecho y el pastizal. En su zona más elevada,
convenientemente allanada, se situaban algunas de las más importantes eras de
Las Rozas, cuyo característico empedrado, a base de cantos rodados, todavía era
apreciable en algunos puntos hasta entrados los años 70. En estas eras, durante
siglos, se trilló y aventó el cereal, uno de los procesos más
importantes del ciclo agrícola. Y es precisamente en esta actividad donde a nosotros se nos antoja
que pudiera estar el origen del nombre que recibía el cerro, es decir, en el característico
sonido que debían hacer los cascabeles que, presumiblemente y como era
tradición en tantos pueblos de Castilla, se colocaban en los arreos de las
mulas que hacían girar los trillos con los que se separaba el grano de la paja.
En los taludes de este cerro se situaban también algunas de las bodegas con las que antaño contó Las Rozas,
en las cuales se almacenaba y fermentaba el mosto procedente de los viñedos que
existían en zonas como Cerro Mocho y el Parralejo, situadas en lo que hoy es La Marazuela,
o en torno al arroyo del Plantío, al sur de la carretera de El Escorial, y que
producían un vino morapio recio y de alta graduación, destinado básicamente al
consumo local.
Sus características topográficas
supusieron que, durante la Guerra Civil, una vez estabilizado el frente al
concluir las grandes operaciones militares, se organizase en este cerro una
importante posición defensiva, habiéndose mantenido huellas de algunas
trincheras hasta los años 70.
Ya en los 50, comenzaron
a levantarse algunas viviendas unifamiliares, proceso que continuaría durante
los años 60 y 70, sin que todavía se desvirtuasen en exceso las características básicas
del cerro. En una de estas edificaciones se situó el que, durante mucho
tiempo, sería uno de los bares más emblemáticos de Las Rozas: el
bar La Parra, cerrado desde hace ya muchos años.
A partir de los 80, comenzó un
acelerado proceso de urbanización que transformó radicalmente el entorno,
haciendo desaparecer este típico enclave que, poco a poco, fue cayendo en el
olvido, a pesar de que a una pequeña zona ajardinada se le asignó oficialmente el
nombre de Parque del Cerro Cascabel, aunque realmente nadie lo llama así.
Precisamente, las fotografías
que encabezan esta entrada están hechas desde esa zona actualmente ajardinada. En la más antigua, realizada a finales de los años 40, podemos
apreciar, en primer término, las viejas edificaciones de adobe y tapial que
existían en lo que hoy es la calle San Martín. También vemos la parte trasera
de la Plaza Mayor, un tramo de la Avenida de los Toreros, y las casas del
Barrio de Regiones situadas en torno a la Avenida de la Constitución y la Calle
Ebro. Dominando el conjunto, visual y estéticamente, la iglesia de San Miguel con sus jardines aterrazados todavía a medio construir, las desaparecidas
escuelas y, a lo lejos, el edificio principal de la comunidad religiosa Sagrada
Familia, con la carretera de El Escorial al fondo, flanqueada por árboles con sus
troncos encalados hasta cierta altura para facilitar la conducción nocturna.
La fotografía moderna muestra
las enormes transformaciones que ha experimentado todo el entorno desde
entonces.
Javier M. Calvo Martínez
Fotografía histórica: Archivo personal de J. M. Calvo Martínez
Fotografía actual: J. M. Calvo
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